(contra)memorias, por mario rabey


más de cuarenta años de construcción cultural de la Civilización, contra una Civilización que destruye y se destruye


contracultura es la reacción de las culturas

Otras historias

17. La vuelta de Perón y el segundo peronismo

Es así, que mientras estudiaba a toda velocidad, me iba haciendo amigo de compañeros y compañeras, en un medio fuertemente peronizado. Hacía solamente seis años que, en el Colegio secundario, los únicos "peronistas" éramos el excepcional (por lo pequeño) puñado de fundadores de la Juventud Peronista del Colegio. Ahora, la excepción eran los que no estaban peronizados.

Como suele suceder en estos casos, la casualidad, mezclada con la velocidad del meloneo por parte de los activistas, me puso en contacto rápidamente con un grupo que se llamaba FEN (Frente Estudiantil Nacional) que se había fusionado hacía poco tiempo con OUP (Organización Universitaria Peronista), y se llamaban entonces FEN-OUP. Sólo un tiempo más tarde entendí que se trataba del frente universitario de una Organización cuyo nombre oficial era "Trasvasamiento Generacional" y tenía como nombre de fantasía "Guardia de Hierro". Hoy me llama la atención la evidente carga de sobreactuación que tenían ambos nombres -y el notable hecho de tener un nombre de fantasía-. En esa época no sabía algo que empezó a circular décadas después (y cobró cierta resonancia pública hace muy pocos años) : que "Guardia de Hierro" era un nombre tomado de una organización filo-nazi de la Rumania de la pre Segunda Guerra Mundial. En 1972-1973, la explicación que circulaba era que el nombre estaba tomado de la Guardia de los emperadores romanos. ¡En nuestra fantasía, nosotros éramos los guardianes de Perón! En cuanto a lo de "Trasvasamiento", ésta era una consigna del propio Perón.

Unos diez años después, cuando estábamos volviendo a la democracia después de la última dictadura militar, me enteré que mucha gente consideraba -y sigue considerando-, a Guardia de Hierro como una agrupación de derecha, y hasta fascista. En aquellos tiempos, a mí no me daba esa imagen en absoluto. Tampoco en retrospectiva me da esa imagen. De hecho, los que estábamos en el FEN de Filosofía y Letras, suscribíamos una fuerte admiración a Mao Tse Tung, al cual equiparábamos a Perón, al punto tal que solíamos colgar grandes carteles donde transcribíamos extensos párrafos de ambos líderes. El FEN era particularmente fuerte en antropología, donde se concentraba la mayor cantidad de militantes: entre otros, Eugenio Carutti, Juan Tangari, Andrés Rodríguez Larrea y Adriana Sarramea. Eugenio nos llamaba a Adriana y a mí "Gog y Magog", en referencia a los personajes de la novela de Marechal, "El banquete de Severo Arcángelo". Un militante importante de los primeros tiempos de Guardia, Ricardo Álvarez, no circulaba ya en ese entonces entre la militancia de la Facultad.

En noviembre de ese año, vino Perón a la Argentina, y lo fue a recibir una multitud en medio de la lluvia, especialmente Rucci con un paraguas. Yo no fui. No daba mi interés en el retorno como para ir a chapotear en el barro. De todos modos, llevado por una mezcla de curiosidad y fervor peronista juvenil, pasé toda una tarde esperando (y cantando la marcha y diversas consignas) en las cercanías de la casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente López, donde se albergaba Perón en esos días de noviembre de 1972. No me acuerdo si mi paciencia fue recompensada por una salida de Perón a la ventana. Pero en mi memoria, la figura de Perón aparece recortada en la ventana, que volví a ver por primera vez en casi treinta y cinco años hace unos meses.

Mientras tanto, necesitado de ganar un poco de plata, había acudido a mis contactos del período contra-cultural. Durante un tiempo estuve promocionando en programas de radio discos para el sello Music Hall, donde estaba trabajando entonces Jorge Álvarez. Pero le dediqué más tiempo y esfuerzo a la artesanía, porque me enganché con un ex Picapiedras (el histórico local de artesanías de la Galería del Este), de nombre Gaspar. Empecé a trabajar con él en su taller -donde estaba preparando stock para llevar a su local en Villa Gessell; luego me mudé a su casa. Y, al terminar el año lectivo en la Facultad, me fui a Gessell a trabajar en la temporada del verano 1972 - 1973 en el local de Gaspar, que quedaba en una galería en 3 y 107. Con la plata que gané ese verano, pude llevar adelante mis estudios durante el año siguiente.

16. De vuelta a la civilización: cómo empecé a estudiar antropología

Había empezado el invierno de 1972. Estaba en Buenos Aires de nuevo y, todavía divagando, fui a parar al departamento de unos nuevos amigos, madre e hijo, de los cuales no me acuerdo el nombre. Sí que ella era macrobiótica, cocinaba muy rico, tenía el departamento montado con muy buen gusto, muy sencilamente y con mucho orden. Un lugar realmente apropiado para reponerme de todos estos años de bella locura, ¡un verdadero delirio los años de mi vida entre los 18 y los 23 años!

Un día, charlando con mi amiga, me preguntó: ¿Y ahora, qué vas a hacer? Sin pensarlo, le contesté: "Voy a volver a la Universidad"

Me volvió a preguntar: "¿Qué vas a estudiar?". Y, pensándolo menos todavía, le contesté: "Antropología". Estoy casi completamente seguro de que, antes de esa conversación, desde mi retirada de la Universidad cinco años antes, no había vuelto a pensar en estudiar. Y más seguro todavía de que jamás en la vida antes había pensado en estudiar Antropología. Más aún, no tenía la menor idea de qué cosas se estudiaban en antropología.

Un par de días después, fui a la Facultad de Filosofía y Letras a inscribirme. Allí me dijeron que estábamos a mitad de año y que tenía que esperar hasta el año siguiente. Yo no podía esperar. De hecho, seguramente si no empezaba a estudiar inmediatamente, iba a cambiar de planes, como he hecho casi siempre que he encontrado dilaciones para empezar a ejecutar un proyecto. Insistí e insistí. Hasta que un funcionario, creo que el Secretario Académico de la Facultad, terminó accediendo, y yo empecé a estudiar pocos días después, en agosto del '72. A los tres años y medio, para fines de 1975, ya había terminado mis estudios y entregado mi último trabajo escrito, con el cual, una vez aprobado, estaba en condiciones de ir a pedir mi título universitario.

Así que, cuando ya estaba avanzado el invierno de 1972, me inscribí en la Carrera y en varias materias. Durante un tiempo, aprovechando unos pequeños ahorros, viví en una pensión a un par de cuadras de la Facultad -que entonces funcionaba en Independencia y Urquiza-, con lo cual no necesitaba gastar tiempo y dinero en viajes, tenía la biblioteca al lado y podría avanzar rápidamente en mis estudios. A fin de año, ya había aprobado cuatro exámenes, con buenas notas. Eso me permitió, al mismo tiempo, obtener una beca de estudios y ser designado más adelante ayudante alumno en un par de materias.

1972 era el año en que se iba preparando el retorno de Perón. El 22 de agosto fue la masacre de Trelew y los jóvenes universitarios, incluso los recientemente desembarcados de la contra-cultura como yo, estábamos terriblemente conmovidos por los acontecimientos. En retrospectiva, hoy me llama poderosamente la atención que no se me ocurría relacionar mi situación en ese momento, la de la Universidad y la del país, con mis militancias políticas pre-hippies, cuando estaba en el Colegio Nacional Buenos Aires.

En cambio, los acontecimientos se me imponían. Recuerdo que a fines de agosto o principios de septiembre, estaba en el aula magna de la Facultad -repleta- viendo una proyección de "La hora de los hornos". En medio de la proyección de la película, entró la policía al edificio de la Facultad, pegando con sus palos y lanzando gases lacrimógenos. Me imagino que hubo unos cuantos presos. En multitud, nos escapamos como podíamos, corriendo, saltando por las ventanas, e ingresando masivamente en la rapidísima politización estudiantil previa al retorno de Perón.

15. Un año en El Bolsón y otros recorridos

Yo me hice una amiga y me fui para El Bolsón unas semanas después de la partida del primer grupo. Recuerdo que fuimos en el tren que iba a Bariloche, y de ahí en ómnibus hasta El Bolsón, donde no nos fue difícil encontrar a nuestros amigos, preguntando por la casa de Chatruc a orillas del río Quemquemtreu.

El lugar era realmente fantástico, y pese a que recién estaba terminando el invierno, el sol y lo benigno del clima nos hacían sentir en primavera. La casa era de madera y tenía un gran ambiente donde dormíamos todos, sobre colchonetas y bolsas de dormir. Había una salamandra que manteníamos prendida toda la noche. Había una cocina a leña, donde se cocinaba para todos.
Con Rafael, Alejandro y algunos más, nos pusimos a hacer una huerta, con lo que pronto empezaron a crecer vegetales frescos para completar la dieta. Rafael además dibujaba, Alejandro Lafleur, Alejandro Marassi, Diego Villanueva y algún otro componían y tocaban música. Era una bella primavera la de 1971 en la comunidad hippie de El Bolsón.

Al poco tiempo, no recuerdo bien por qué, nos fuimos de la casa de Chatruc a un aserradero abandonado que quedaba en un lugar más inhóspito, aunque también mucho más hermoso. Para llegar a ese lugar, había que ir hacia el oeste, cruzar la Loma del Medio, y subir por la margen izquierda del río Azul. Me acuerdo especialmente del trabajo que hubo que hacer para arreglar el techo, con tejuelas de ciprés.

De allí, con una amiga, un día nos subirmos a dos caballos y nos fuimos de viaje -en una travesía que duró unas dos semanas- hasta Plottier, un pueblo pocos kilómetros río arriba de Neuquén en las riberas del río Limay. Allí paramos en la finca de un tío de Diego, que cultivaba manzanas y para el cual nos quedamos trabajando en la cosecha.

El viaje fue maravilloso. De El Bolsón salimos hacia el este y luego hacia el noreste, bordeando el río Limay, buscando evitar Bariloche y la ruta principal. Siempre por caminos de tierra, íbamos en jornadas de unos 40 kilómetros por día, parando en casas, puestos, estancias y a veces al aire libre. Estábamos a fines de la primavera de 1971, el clima era hermoso, nosotros muy jóvenes y ¡viajábamos a caballo!

De la cosecha de la manzana, después pasamos a la cosecha de la uva, en distintas fincas. Estuvimos por ahí al menos hasta principios de abril.

De ahí, con la plata de la cosecha, me fui a Buenos Aires en ómnibus. Desde allí volví a salir para un lugar que se llama Monte Comán donde una amiga, Bárbara, tenía unas tierras, donde pensábamos que se podía armar una nueva comunidad. No resultó interesante, de ahí me fui para el lado de El Bolsón, de nuevo. Pero antes de llegar me encontré con la rarísima historia de que los miembros de la comunidad se habían ido -junto con una pareja de norteamericanos, en una carpa de circo-, para el lado de Villa La Angostura. Allí fui, llegué de noche, ya era fines del otoño y hacía mucho frío. Fui a pedirle alojamiento al cura, que me indicó que las monjas de un convento cercano me podían alojar. Allí fui entonces, conseguí albergue y comida; yo cortaba leña para las hermanitas y unos días después me volví a Buenos Aires.

Sentía que estaba volviendo a la civilización.

14. Hair en Argentina y los hippies en El Bolsón

Era el otoño de 1971, y la Argentina formal, la del núcleo cultural duro, seguía regida por los militares, aunque luego del rápido reemplazo de Onganía por Livingston, ahora estaba de dictador el General Lanusse, que compartía la escena con una creciente revuelta estudiantil y obrera, signada por la izquierdización y la peronización. Entonces, la contracultura hippie parecía en camino a la cooptación. El afiche está tomado de un artículo reciente. El empresario Alejandro Romay (dueño de Canal 9 y del Teatro Argentino, en Bartolomé Mitre al 1400, donde se representó la obra) y Daniel Tinayre se lanzaron a producir la Opera Rock Hair. Hair se había estrenado en un pequeño local en Manhattan, en 1967, en pleno auge del hippismo, había pasado al off-Broadway y en 1968 ya estaba en un teatro en Broadway, donde se mantuvo varios años. La contracultura de fines de los 60 y el hippismo en particular aparecen en la tensión entre la autenticidad cultural y la cooptación, un camino que tuvo como momentos culminantes el estreno de Hair en Boradway y el Festival de Woodstock en 1969.

Romay y Tinaire llamaronn a algunos artistas que habían participado en el Di Tella (Roberto Villanueva y Marilú Marini, entre otros), para adaptar y musicalizar la obra, y contratan para representarla en Buenos Aires a un grupo de jóvenes, entre los cuales yo recuerdo a algunos de los primeros hippies de Buenos Aires, como Sergio Makaroff y Horacio Fontova. Estaba también Cris, la novia de Luis Alberto Spinetta y Teresa Bogdan, que había sido mi pareja un par de años atrás. Varios de ellos habían armado un bunker en un hotel de Bartolomé Mitre y Uruguay, donde algunos vivían, y donde nos juntábamos con diversos amigos, como los hermanos Lafleur, entre otros.

Los hermanos Rafael Lafleur y Alejandro Lafleur eran dos personajes muy interesantes, creativos y simpáticos, a los que conocí allí. Rafael tuvo la idea de ir a hacer una comunidad en El Bolsón. Él había estado antes allí, donde conoció a un personaje llamado Chatruc, que tenía una casa bastante amplia, con un gran ambiente sin divisiones, a orillas del río Quemquemtreu, que ofreció para la experiencia comunitaria. Rafael describía el lugar con mucha precisión y lo fue construyendo en su relato como un destino mítico. Varios de los integrantes de la troupe de Hair se engancharon con la idea. Se sumó más gente, se compró una cierta cantidad de bolsas (de veinte kilos, creo) de arroz integral , otros ingredientes macrobióticos básicos (la dieta hippie por antonomasia) y artefactos de cocina. Un día, se compraron los pasajes y el grupo se fue para El Bolsón.

Se aplicaba la letra de un blues de Javier Martínez -que en su momento se había referido a una quinta en Monte Grande, en el sur del Gran Buenos Aires, pero que ahora se resignificaba para el sur del país-:

Una casa con diez pinos,
en el sur hay un lugar,
ahora mismo voy allá,
porque ya no puedo más,
vivir en la ciudad [...]

13. El final de Mandioca y un viaje por Brasil

Durante los primeros meses de 1970, las relaciones entre Mandioca y Manal se fueron deteriorando. Hasta que, durante el otoño, Manal decidió irse a grabar en otra empresa, tener otros representantes y, obviamente, otra agencia para los shows. No recuerdo bien que pasó con el vínculo con Vox Dei.

El hecho es que, rápidamente, me quedé sin trabajo.

Fue así como, juntando los ahorros que tenía, en enero de 1971 me tomé un avión y me fui para Sao Paulo, Brasil. Allí me encontré con Pedro Pujó y Julio Salvidea, y empezaron unos meses de divertido divague.

Primero nos fuimos a Río de Janeiro, donde paramos un tiempo en lo de Marcela Pascual. Después, mientras Pedro se iba para Bahia, a encontrarse con su hermano Hernán, yo pasé una temporada en Río, donde me encontré con mi amiga Graciela Dellepiane, que a su vez se había hecho de una turma de amigos brasileros, con los cuales circulamos por varias casas en Río y alrededores.

Al poco tiempo, seguí viaje para el norte, y pasé un tiempo en Buzios. Este entonces era recién un incipiente rosario de balnearios -conocidos porque allí se había hecho una casa Brigitte Bardot-, que se armaban a partir de Cabo Frío. Acampé con alguna gente que conocí ahí mismo y luego partí para Bahía. En Salvador, me encontré -creo que en Amarelina- con Hernán y Pedro Pujo, con los cuales compartí otro rato de divague. Carnavaleamos juntos el en ese entonces fantástico Carnaval de Bahia. Finalmente, después de tres o cuatro meses de viajar por Brasil, emprendí el viaje de regreso a Buenos Aires, a donde llegué de nuevo en el otoño de 1971.

Durante los meses siguientes, estuve instalado un tiempo en la casa de mi vieja, Dorita, hasta que me enganché con la historia de ir a El Bolsón a formar una comunidad. Eso se inició con la troupe que estaba representando la Ópera-Rock "Hair" en el Teatro Argentino, en la calle Bartolomé Mitre (el que más adelante fuera incendiado por un ataque de ultraderecha, mientras se representaba allí "Jesucristo Superstar").

12. Un año de shows mambeados

Entre el otoño de 1969 y el de 1970, nuestra vida fue entonces un verdadero mambo.

Durante la semana, había que trabajar activamente en la venta de los productos. Por un lado los discos y posters. Estos se vendían cada vez más. En cuanto a discos, Mandioca había producido y editado cerca de diez discos simples, que no se vendían mucho, pero había que atender. Por otro lado, la venta de los shows -de Manal primero y luego de Vox Dei-. A Vox Dei lo habíamos conocido en un pequeño teatrito de Bernal, donde los fuimos a escuchar los cuatro Mandioca y yo. Hacían un rock pesado y bueno y también temas más melódicos. Inmediatamente se arregló la grabación de un primer simple (con el notable tema "Azúcar amarga", que es el que nos había seducido al escucharlos en Bernal, conciso, sencillo y clásico: para mí, el comienzo del rock and roll en castellano, junto con "No pibe" de Manal).

Además de vender, había que organizar la actividad del fin de semana siguiente, donde tenía que compaginar la agenda, horarios de cuatro a siete shows para Manal y de otros tantos para Vox Dei, incluyendo las citas, los equipos de voz, las camionetas para transportar los equipos de los músicos, los remises para transportar a los músicos (y sus amigos y amigas), los "plomos" (asistentes de armado y desarmado de los equipos de sonido) y una infinidad de pequeños detalles más. Nuestra oficina era una divertidísima romería de personajes. Rápidamente, la troupe se completó con Freddy, que empezó como fletero de Manalk y cuando se agregó Vox Dei asumió el rol de road manager, al mismo tiempo que su agencia de camionetas proveía los vehículos para los dos grupos de rock de Mambo Show.

Pero el mambo propiamente dicho empezaba el sábado a última hora de la tarde (a veces los viernes). Así, entre el viernes o el sábado a las seis o siete de la tarde y el domingo a la noche) recorríamos cientos de kilómetros en la región metropolitana de Buenos Aires. Por el norte llegábamos tan lejos como Tigre (y a veces más lejos: Benavídez, Maschwitz, Escobar). Por el sur hasta Berzategui y Florencio Varela (a veces hasta La Plata y Berisso - Ensenada). Por el oeste, hasta Moreno (y a veces hasta General Rodríguez). El show mambeado dibujaba una nueva geografía de la región. Mientras en la Argentina de 1969-1970, la política empezaba a armar la escena de la tragedia de la década de 1970 -en 1969 Montoneros había secuestrado al ex presidente Aramburu, lo había "juzgado" y luego "ajusticiado"), nosotros estábamos en el núcleo de otro diseño, ubicado en la contracultura.

11. Mambo Show

Estábamos en el comienzo del otoño de 1969 y realmente todos hacíamos buen dinero, especialmente los tres Manales y yo. Del precio de cada show, el 30 % era para el trabajo de representación, y se repartía así: un 10 % para la agencia (los Gruart), un 10% para los representantes (Mandioca) y un 10% para el Road Manager, que venía a ser yo. El 70 % restante, una vez deducidos los gastos (el sonidista Robertone, la camioneta de Freddy que llevaba los equipos y los plomos -o sea los asistentes para carga, descarga, armado y desarmado de equipos-) se repartía entre los tres Manales por partes iguales.

Los cuatro Mandioca muchas veces venían a los shows, especialmente Jorge Alvarez y Pedro Pujó. A mí me acompañaba mi secretaria de "Mano Editora", que rápidamente se convirtió en mi pareja: Teresa Bogdan, "La Polaquita". Al poco tiempo, como yo tenía que llevar mucha plata encima -los shows se cobraban en efectivo, en cada club-, uno de los Manales -creo que Alejandro Medina- trajo un amigo para que trabajara como guardaespaldas: "el Negro" Serafián, del cual se dijo unos años después que había muerto en un asalto a mano armada, acribillado por la policía. No sé si es verdad. Lo que sí es verdad es que el Negro andaba bien "calzado", llevaba una pistola calibre 45 y nos sentíamos terriblemente seguros y confortados por tener un profesional cuidándonos las espaldas (y la plata).

Rápidamente, a los cuatro Mandioca y a mí se nos ocurrió que teníamos que tener una Agencia propia, por varios motivos. En primer lugar, porque los Gruart eran unos tipos excelentes, y Almendra era un fenómeno, pero los públicos de Almendra y Manal eran distintos. Almendra gustaba mucho en los medios un poco más "cultivados", de clase media. Pero Manal juntaba pequeñas multitudes en los clubes de barrios obreros. En segundo lugar, porque estábamos a la busca de más rock&blues para grabar en Mandioca y había que tener cómo hacerlos trabajar. Es un hecho que, en aquélla época, el dinero no venía de los discos, sino de los recitales y, especialmente de los shows de fin de semana en los clubes. Al poco tiempo apareció Vox Dei. En tercer lugar (last, but not least), la Agencia se quedaba con un interesante 10 %.

Rápidamente se tomó la decisión de crear Mambo Show. Nuevamente con ma. Me parece que el de la idea del nombre fue Alejandro Medina, pero no estoy seguro. Ahora el nombre era una toma de posición contracultural. Mambo en el argot hipposo y rockero de la época era sinónimo de viaje (trip) sicodélico. Mambearse era ponerse bajo los efectos de fumar marihuana y/o tomar ácido lisérgico (LSD) y mambeado/a era el/la que estaba viajado, fumado, en ácido... La palabra drogado quedaba entonces restringida a los usuarios de drogas duras: anfetaminas, cocaína, heroína.

¿El gerente de Mambo Show? Mario Rabey. Entonces, durante más de un año trabajé siete días por semana, muchas horas por día. De lunes a viernes en la distribuidora de Mano Editora Posters - Mandioca Discos que ahora se integraba con la Agencia Mambo Show. De viernes a la tarde a lunes a la madrugada, como Road Manager de Manal.

10. Road Manager de Manal


En el verano de 1968 a 1969, Jorge Alvarez abría una sucursal de su librería (que estabe en Talcahuano entre Lavalle y Corrientes, en Buenos Aires), en Mar del Plata. El grupo Mandioca decidió entonces también abrir un boliche en Mardel. El nombre, me parece que también fue Mandioca.

Del boliche lo que me acuerdo es que era un lugar divertido y cálido. De hecho, es uno de los pocos boliches que pisé en mi vida (en la foto -que tomo de un blog de Pedro- Mario Mactas y Mario Rabey -gracias Pedro por el bello recuerdo-). Al mismo tiempo que se alquilaba el boliche, se alquiló una casa para que vivieran los músicos mientras estaban en Mar del Plata. Era un poco desordenada, obviamente, pero también una divertida continuación de la vida bohemia que llevábamos en Buenos Aires. Aunque ahora no éramos más náufragos. Ahora éramos músicos, empresarios, gerentes. Es decir, ahora trabajábamos.

En esa temporada la conocí a Pirí Lugones, muy amiga de Jorge Alvarez, creo que era principalmente ella la que seleccionaba los autores a ser publicados en la Editorial. También trabajaba o había trabajado para Editorial Sudamericana. Parece haber tenido un papel muy importante en las decisiones que había ido tomando Jorge de participar activamente en este conjunto de empresas culturales alternativas que aparecen en mi relato. Pirí provenía de una familia de intelectuales de posición y actividad muy variada. Ella misma, como lo demostró su historia posterior, era aguerrida, de convicciones fuertes e idealista. Yo la recuerdo como una mujer culturalmente y moralmente de vanguardia: sin duda, un modelo vivo de lo que yo había leído y admirado unos pocos años antes en El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir. Madura, inteligente, bella con su renguera y desprejuiciada, Pirí es uno de los recuerdos amorosos más fuertes de mi juventud.

Creo que el boliche se cerró antes de terminar el verano, por una cuestión de habilitación municipal. Estábamos en Buenos Aires, y de los músicos de Mandioca, lo que prendía más fuerte era Manal. Era un trío y a veces sonaba como una banda. Los pibes de los barrios se prendían un montón. Me acuerdo de un impresionante recital en el Cine-Teatro Pueyrredón de Flores. Estaba lleno y el lugar vibraba muy bien y muy fuerte.

Empezaron a llegar los contratos para ir a bailes de fin de semana. Al principio, los contratos venían desde una agencia de representaciones que tenía como número principal a Almendra. Eran los hermanos Gruart, con oficina en el hermoso Pasaje Barolo, en Avenida de Mayo.

Nos convertimos, con Manal, en una máquina de trabajar, divertirnos y hacer plata los fines de semana, de viernes a domingo. Los sábados podía haber tres y hasta cuatro shows.

9. Mandioca La Madre de los Chicos

La creación de Mandioca ha sido relatada con mucho detalle por Marcelo Fernández Bitar en su Historia del Rock en Argentina. En esta entrada de mi autobiografía, me concentraré en mi propia participación en los acontecimientos, tal como los recuerdo ahora.

Mientras actuaba en La Orestiada, se me hizo evidente que un hippie pobre como yo no estaba en buenas condiciones de supervivencia. Tenía que conseguir algún trabajo, porque si no lo hacía, iba a seguir dependiendo de otros para poder comer y vestirme. Dormir era más sencillo: siempre había algún lugar en esa época.

Entonces sucedió que mis amigos, ex compañeros de Colegio y hippies Pedro Pujó, Rafael López Sánchez y Javier Arroyuelo habían conocido a Jorge Alvarez, el editor de libros. Todos necesitaban algún trabajo también, salvo Jorge, que ya tenía. Entonces, empezaron por organizar una compañía editora de posters. El nombre: Mano Editora. El Che Guevara, Perón, Marylin Monroe, Sartre, Jane Birkin, Norma y Mimí Pons, un caballo, los Beatles, Mao, Romeo y Julieta, fueron algunos de los temas. La colección era desopilantemente variada, las fotos y las impresiones muy buenas, eran grandes y eran atractivos para públicos diversos. Se empezaron a vender muy bien en La Máquina, el local de Jorge de Souza en la Galería del Este (al lado del Instituto Di Tella). Pero no alcanzaba: entonces, se decidió armar una distribuidora. Me preguntaron si quería hacerme cargo de gerenciarla y, con mis 19 años, dije que sí. Conseguimos algunos vendedores que aceptaron salir a vender a comisión, contratamos dos cadetes para armar los paquetes y entregarlos, y una secretaria. En la foto, Pedro Pujó y Jorge Álvarez en aquellos días.

Poco tiempo después -muy poco tiempo por cierto, todo era muy rápido entonces, me parece que fueron dos meses-, se armó Mandioca la Madre de los Chicos. Mandioca porque era un alimento (sud)americano que empezaba con ma, y Madre de los Chicos porque así se decía a sí misma Dorita Loyber, mi propia madre, que tantas veces dio albergue y comida a los chicos. Se hicieron tres o cuatro discos simples (Manal, Miguel Abuelo, Cristina Plate), con una fantástica cubierta en tríptico diseñada y dibujada por Daniel Melgarejo. A mí me pidieron que redactara un texto para el disco de Manal, donde sostuve que el blues rioplatense empezaba ahora a ocupar el lugar del tango en el canto a Buenos Aires. Manal también empezaba con ma. Como Mano Editora y Mandioca. En noviembre de 1968 se presentaron los discos en el recital del teatro Apolo.

Unos meses después vendría el cuarto ma: Mambo Show. Pero ese será el tema de una próxima entrada. Mientras tanto, nos vamos a Mar del Plata.

8. La Orestiada en el Di Tella


Estábamos en el otoño de 1968, y decidí irme a dedo a Brasil. Llegué a Porto Alegre, donde recibí refugio en algunas casas tomadas y otros refugios de los hippies locales. Después de unos días de vida flower y otras yerbas, volví, de nuevo a dedo a Buenos Aires, a retomar el circuito del naufragio. Aquí, ya en invierno, me encontré con Marcelo Sztrum, Alfredo Slavutzky y Graciela Dellepiane, que habían sido invitados por Rubén De León a participar en una loquísima puesta en escena de La Orestíada (de Esquilo) en el Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella. Según Martín "Poni" Micharvegas (autor de algunos de los textos), el nombre completo era "La Orestiada y/o el sombrero de Tristán Tzara". En seguida me sumé y ahí conocí a otros integrantes del elenco, de los que especialmente recuerdo a Tabita Peralta.

De La Orestíada recuerdo una puesta muy depurada, sin escenografía, con un coro que recitaba unos textos fantásticos y nosotros (los actores) que representábamos a través de cuadros donde desplegábamos una fuerte expresión física y emocional. Recorro Internet y no encuentro ninguna otra mención a esta puesta en escena, salvo la foto que publica Poni Micharvegas y que sirve de ilustración a esta entrada.

7. Teatro Guerrilla de Buenos Aires


Creación colectiva, divagada durante 1968 en bares, la casa de Dorita Loyber de Rabey y otros lugares de naufragio del centro de Buenos Aires, por

Mario Rabey
Ricardo Mosner
Juan Comoglio
Pedro Pujó
Graciela Dellepiane Rawson
Alfredo Slavutzky
Marcelo Sztrum

Aclaración sobre los nombres: Mi nombre empieza esta lista, para hacerme responsable (autor-actor) de este texto y de los eventos históricos. El segundo nombre es el de Ricardo, porque lo recuerdo muy protagonista de la idea. Los otros nombres los verifiqué hace un par de días en un encuentro casual con Alfredo Slavutzky. Con todo seguridad, había más gente en el grupo. En cuanto aparezcan, los iré agregando.

Performances:

-Socorro. En el Obelisco. Panfletos y afiches en papel de diario con pintura negra, con texto “Socorro”, el lugar, el día y la hora, distribuidos en días previos al evento por Avenida Corrientes. Un gran aullido colectivo en la plaza que entonces rodeaba al Obelisco, repetido varias veces, en coro y en gritos individuales, diciendo “Socorro” alrededor de una gran pancarta, que también decía “Socorro”.

- Hoy se expone La Paz. Adentro y afuera del bar La Paz, conocido reducto de intelectuales en Corrientes y Montevideo. Con pancartas expuestas desde la vereda para ser vistas en el interior, con los textos: “Hoy se expone la Paz” y “Ustedes se están exponiendo”. Distribución de volantes en el interior del local, con un texto explicativo de la precariedad de la paz en el mundo. Gran diversión para la clientela y gran incomodidad para los mozos y los encargados!

- Alberto Greco se mató por culpa de la policía. En la esquina de Lavalle y Carlos Pellegrini. Empieza con una lata de esas de aceite de 20 litros, arrojada con fuerza al suelo. Al golpear, parece un petardo estallando. Un ¿SS?, representado por Juan Comoglio le pega a un hippie (Pedro Pujó) , y le dice –en alemán- "hippie ilógico". Etcétera.


En el final de la serie, el teatro guerrilla en la calle y la explosiva creatividad de Javier Chiquito Arroyurlo, confluyeron en:


6. Teatro guerrilla en la Argentina de Onganía

El día después de escribir la nota anterior, fui a la Feria del Libro y, como casi siempre, lo más interesante no fueron los libros ni los eventos, sino los encuentros. En un momento, mientras conversaba con mi hija Eva, miro al costado y allí, parado al lado mío, estaba... me dice algo así como "Sabés quien soy",
- Claro que sí-, le contesto -no me acuerdo tu nombre-
- Slavutzky, Alfredo Slavutzky.

Fue una catarata de recuerdos.

Ahí en seguida me pregunta si no me habían hecho alguna entrevista para alguna de las historias de la contracultura de los años '60 y yo le contesto que les escapo; y le cuento entonces que estoy escribiendo mi autobiografía, y que ando por los tiempos del teatro en la calle.

Alfredo reflexiona que hacíamos algo muy preligroso, por lo revulsivo y porque estábamos en dictadura, y que encima, era gratuito, sin resultados. Yo reflexiono que eso era la polenta: que no buscábamos, ni obteníamos, ningún resultado: éramos una guerrilla que no se proponía tomar el poder; ni siquiera, eliminar el poder. Entonces, me hace acordar de la obra más explosiva de la serie. "Alberto Greco se mató por culpa de la policía" y me cuenta algo que no sabía. Cuando Juan Comoglio, representando a algo así como un SS, le pega con un palo y le grita algo a Pedro Pujó, quien se agacha, se cae, trata de escaparse. La escena la recuerdo vívidamente, incluso la extraordinaria actuación de Comoglio, vestido con un perramus beige y diciendo algo que parecía en alemán.

Lo que nunca había sabido es que decía una frase coherente, hiper-coherente.

Le gritaba en alemán: "Hippie ilógico".


en la próxima entrega: Ficha Técnica del Teatro Guerrilla Hippie de Buenos Aires.

Este Teatro Guerrilla formó parte de lo que actualmente se llama performances, que incluyeron además una serie de acciones estéticas relacionadas con el modelo del happening en Galerías, Teatros y Centros de Exposiciones.

5. Algunos hippies decidimos hacer teatro en la calle

Estaba terminando el verano de 1968, yo no estaba estudiando, y me dedicaba, full time, al "naufragio". Así le decíamos los hippies porteños a una actividad que se llevaba a cabo de una manera continua, deliciosamente no capitalista -e incluso a veces declaradamente anti-capitalista-, ostensiblemente sostenida por los ingresos de nuestros padres y otros familiares o por los padres y familiares de nuestros amigos y amigas. Me acuerdo que Moris era bastante crítico de ese discurso y cantaba al respecto: "sos el burgués más corrompido que existe, y te engañás pensando que sos un hippie; vos explotás a todos y no das nada, y eso es ser el peor capitalista...". Naufragio era estar en una "balsa" (esa de Tanguito ¿o Lito Nebbia?, lástima que no está Tanguito aquí para preguntarle) divagando por el mundo, sin perseguir una meta fija.

Nuestro anti-capitalismo se refería, más que al desprecio por la posesión de bienes materiales, a un sentimiento de despojo primordial. En palabras de Javier Martínez, el baterista, primerísima voz y letrista de casi todos los temas de Manal: "Hoy adivino qué me pasa, por qué mi nombre no soy yo, por qué no tengo una casa: porque hoy nací; hoy, recién hoy, el sol me quemó. Y el viento de los vivos me despertó".

El año anterior, de la primavera al verano, se podía naufragar en las plazas. Pero ahora, ya con el verano avanzando hacia el otoño y el invierno, las plazas eran lugares demasiado fríos, y el lugar de naufragio eran los bares abiertos toda la noche. En primer lugar, La Giralda, en Corrientes entre Uruguay y Paraná, donde cuando había un poco de plata, se podía comer un memorable chocolate con churros (sí, el que sirven ahora es muy parecido al de hace cuarenta años y el bar está casi igual). Luego, El Colombiano, dos cuadras más abajo, también en Corrientes. Y un par de bares más por Córdoba: pero básicamente se naufragaba en Corrientes. No sé si fue en La Giralda, o en El Colombiano, o en mi casa (probablemente la idea fue divagada mientrás nuestro naufragio recorría esos tres lugares, las calles y otros lugares), que se nos ocurrió hacer una representación teatral en la calle, de fuerte contenido contestatario y sin ninguna autorización estatal -autorización impensable en la Argentina dictatorial de esos años-. En esa época se estaba haciendo teatro en la calle en varios lugares. Y lo más parecido al nuestro era el teatro guerrilla que habían comenzado los Diggers en Haight-Ashbury, San Francisco, en 1966. Pero el antecedente más notable era el d un argentino, que había hecho su Vivo Dito en Europa unos años antes y terminó su vida con un suicidio de amor homoerótico en Barcelona en 1965. Nuestro grupo de teatro de guerrilla le dedicó su última acción: Alberto Greco se mató por culpa de la policía.

Mientras tanto, Dorita -mi vieja-, se llamaba a sí misma "la madre de los chicos", porque recibía a los náufragos en casa. A uno de los chicos, el más joven -menor de edad él-. le decía "el pequeño" o el "chiquito". Le quedó bien: todos le dijimos Javier Chiquito Arroyuelo. Por allí, se le ocurrió hacer lo que hoy se llama una instalación en la Galería Lirolay (a la vuelta del bar Moderno). La llamó "Mano de Mandioca", e incluía -entre otros materiales- fotos para las que "posamos" Laura Kolodny, Rafael López Sánchez y yo. Aquí va una copia del folleto, que me pasó Pedro Pujó hace poco.





Poco tiempo después, mandioca y la madre de los chicos se unirían en el nombre de uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la (contra)cultura en el hemisferio sur: el sello grabador Mandioca la madre de los chicos. Pedro Pujó recuerda que la segunda parte del nombre del sello grabador fue así un homenaje a Dorita.

Alejandro Rosso
, en cambio, sostiene que "la Madre de los Chicos" era un "lema" que hacía referencia a "la libertad creativa y el apoyo que brindó a sus artistas" el sello grabador. Una rara interpretación con simbología psicoanalítica: los músicos cargando con un complejo edípico, se habrían encontrado con su madre incestuosa. Toda una idishe mame esta Mandioca.



En la próxima entrega: Teatro guerrilla en la Argentina de Onganía

4. Los hippies reprimidos por la dictadura de Onganía


Integrantes de FAEDA en una mesa redonda con hippies en Primera Plana

Un día, en ese fin de 1967 en que acampábamos en Valeria del Mar, varios de los hippies nos fuimos a Villa Gesell. En esa época, la actual ruta interbalnearia era una huella de arena con ripio encima para que los autos no se quedaran encajados. Era de tarde, y la policía nos paró por la calle. Eramos sencillamente un grupo de chicos muy jóvenes (me parece que en ese paseo no iba con nosotros ninguna chica), casi todos con el pelo largo, la mayoría con barba y vestidos con las ropas más coloridas que habíamos podido conseguir. Debíamos estar bastante limpios porque nos bañábamos y lavábamos la ropa mucho en el mar; aunque supongo que no teníamos una pinta demasiado prolija, para los estándares de la época.

De repente, algunos policías nos pararon y, directamente nos llevaron a la comisaría, sin decirnos nada. Cuando llegamos, pregunté a un oficial por qué nos habían detenido. Me contestó "porque Don Carlos no quiere hippies en la Villa". Supuse que se refería a Don Carlos Gesell, el en ese entonces un poco mítico creador del balneario. No me pareció demasiado verosímil que "Don Carlos" se ocupara de esas cosas, pero no tuve oportunidad de verificarlo. No nos dieron demasiada importancia, y nos dejaron en un calabozo, donde recuerdo que hacía bastante frío. Otros presos nos prestaron unos diarios para acostarnos encima, explicándonos que el papel aísla del frío. Durante la noche, algunos polícías nos despertaron y nos dijerom que nos iban a llevar afuera de Gesell, porque éramos indeseables. Aunque no les habíamos dicho dónde estábamos acampando, ellos sabían: nos subieron a dos jeeps y nos llevaron por el camino hasta cerca de Valeria. Allí nos hicieron bajar y se fueron. Nos pusimos a caminar, buscando la entrada a Valeria. Repentinamente, llegó un Ford Falcon, estoy casi seguro que sin patente y, en mi recuerdo, verde. Varios hombres (creo que cuatro), se bajaron, nos gopearon, nos agarraron a varios y nos cortaron el pelo. Estábamos muy asustados y doloridos. De ninguna manera estábamos preparados para esa situación. Yo pensé que también nos podían matar, porque eran muy fuertes, mucho más fuertes que nosotros, y con una voluntad de pegar que nosotros no teníamos en lo más mínimo. Por el contrario, nosotros éramos activistas de la no violencia.

En cuanto pudimos zafar, empezamos a correr por los médanos. Al principio nos seguían. No me detuve a mirar para atras, pero estaba seguro que nosotros corríamos más rápido que nuestros perseguidores. Cuando llegamos a nuestro campamento, desarmamos todo y nos fuimos.

Un amigo y yo nos fuimos al camping de Ostende, donde nos encontramos acampando con otro muchacho, que era artesano del metal. Tenía bastantes herramientas y algo de cuero. Y nos quedamos con él haciendo artesanías, que vendíamos en Ostende y Pinamar, durante el resto del verano. Ya en marzo de 1968, volví a mi casa en el departamento de la Avenida Callao.

Allí nos seguíamos encontrando varios hippies, que deambulábamos también por distintos bares, especialmente de Corrientes, hasta la mañana, en que íbamos a dormir a distintos lugares, especialmente a mi casa.

En esos días, nos hicieron dos reportajes. Uno en la revista Así. El otro fue una mesa redonda en la revista Primera Plana, donde participamos cuatro hippies -Tanguito, Rafael López Sánchez, Javier Arroyuelo y yo, Mario Rabey-, quienes sostuvimos un fuerte debate con varios integrantes de FAEDA (Federación Argentina de Entidades Democráticas Anticomunistas). Mágicas Ruinas reproduce el artículo y las fotos que lo ilustran. Y que ilustran este capítulo de mi autobiografía.




3- Los náufragos de Plaza San Martín: hippies en Argentina

En esa época, mi casa era un buen lugar para estar. Mis viejos no se llevaban demasiado bien (o no se llevaban en absoluto), pero yo me llevaba muy bien con los dos, que eran grandes personas. Mi viejo, Benito, tenía una paciencia de santo. Y la vieja, bueno, eran palabras mayores. Se llamaba Dora Loyber, y mis amigos le decían “Dorita”. Cocinaba para todos, se bancaba la pequeña multitud, la música, las extravagancias de nuestro grupo de jóvenes intelectuales desprejuiciados y librepensadores.

Voy a presentar a algunos de los personajes.

Éramos muy amigos con Pedro Pujó, que había terminado el Colegio el mismo año que yo, su padre también era abogado y con él habíamos empezado a estudiar juntos abogacía. Pedro era un tipo muy creativo. Había sido uno de los integrantes de una revista estudiantil muy talentosa, Esta Generación. Para la época en que la incomodidad me hizo abandonar abogacía, Pedro también se estaba yendo a otro lado.

Rafael López Sánchez, un amigo de otra división del Colegio, se había quedado libre en el '65 por faltas en quinto año (el Nacional Buenos Aires tiene un plan de estudios de seis años). Yo decidí quedarme libre con él, para preparar juntos los exámenes (y, de paso, no ir al Colegio unos meses). Me puse a estudiar como loco, y aprobé todos los exámenes, así que al año siguiente entré normalmente a sexto año, hasta terminar. Rafael no tenía demasiado interés en terminar el Cole, y mucho menos en estudiar. Así que pese a mi compañía, él no estudiaba demasiado y al año siguiente se fue a terminar sus estudios secundarios a otro lado. Igual nos seguimos viendo durante el '66.

Javier Arroyuelo (que creo que para entonces había abandonado el Colegio, donde iba unos años después que nosotros), también participaba del grupo que hacía Esta Generación, donde también actuaban otros compañeros de Colegio con los cuales no era tan amigo –recuerdo especialmente a Enrique Banfi, que estaba en mi división, y a Jaime Potenze-. Javier venía mucho a casa y Dorita lo llamaba cariñosamente “el menor”.

Todos ellos, y algunos más, como Vera Gerchunoff, Norberto Pereyra, Sergio Wainer, Alberto Hick, Marta Marckman, y otros y otras de los cuales no me acuerdo demasiado, pasaban bastante tiempo en casa y, a veces, en el estudio de mi viejo, en Lavalle y Montevideo, donde a veces nos íbamos a charlar hasta la madrugada.

Esto sucedía en 1966, cuando yo estaba cursando sexto año del Colegio y en 1967, mientras estudiaba abogacía, hasta mediados de año. Ahí aparecieron otros personajes. No me acuerdo bien cómo, pero me hice amigo de Pipo Lernoud, el autor de Ayer Nomás, el tema que acompañaba a La balsa, la legendaria canción de Tanguito, en el primer simple de Los Gatos. El tema de Pipo dice:
Ayer nomás
en el Colegio me enseñaron
que este país
es grande y tiene libertad.
Ayer nomás,mis familiares me decían
que hoy hay que tener
dinero para ser feliz.
Hoy desperté,
salí a la calle y vi la gente,
ya todo es gris y sin sentido,
la gente vive sin creer.

Al mismo tiempo que Pipo, aparecieron en mi vida Tanguito, Miguel Abuelo, Moris, Diana Divaga -la del tema de Miguel-. Después, la Negra Renée, Silvia Washington, Javier Martínez, Graciela Dellepiane, Ricardo Mosner, y tantos otros.

Yo había mudado mis estudios a la carrera de Filosofía. Ahí duré menos que en Abogacía. Estaba cursando la primera materia, Introducción a la Filosofía, y en una de las primeras clases el docente (un ayudante de trabajos prácticos), comenzó con el consabido cuentito de los primeros filósofos, los presocráticos. Yo pregunté: ¿por qué solamente griegos?, ¿y qué con la India, con China? El docente me dijo que en esas Civilizaciones no había filósofos, que eso era Religión. Yo no estuve de acuerdo: le contesté algo así como que Lao Tze, Confucio, Buda, eran al menos tan filósofos como Heráclito y Parménides, y mucho más filósofos que Tales, Anaxímenes y Anaximandro. Pero no tuve éxito en el debate y debí abandonar mis incipientes estudios, sin abandonar mi punto de vista, que mantengo - a ese respecto- con pocas alteraciones hasta ahora.

Entonces, empezó, en agosto-septiembre de 1967, un período de importante filosofar. El período de naufragar de noche en la calle, en los bares (el primer naufragio fue en La Perla del Once, en cuyo baño Tanguito había compuesto La Balsa), después vinieron La Giralda, el Colombiano, El Castelar), en las plazas, en mi casa y en la de Pipo (que tenía también una gran madre, Mabel, que todavía vive y con quien me encontré a conversar y mirarnos a los ojos y tocarnos las manos hace unos días en el cumpleaños número 60 de Pipo).

Naufragar, como en La balsa
(con mi balsa yo me iré
a naufragar).

Un día, con Pipo, poeta y filósofo, y otros amigos, se nos ocurrió juntarnos en Plaza San Martín el 21 de septiembre (ver Marcelo Fernández Bitar, Historia del Rock en Argentina).

Allí estuvimos. Ese día éramos muchos Éramos los hippies, como nos llamó el periodismo. Era primavera y las noches estaban más tibias, y empezamos a naufragar en Plaza Francia y Plaza San Martín. Los tiempos de amor y paz en la Argentina de Onganía. En la foto (me la mandó Pedro Pujó), Diana me pinta en un día de la primavera de 1966.

A fines de 1967, los hippies empezamos a ser reprimidos por la policía y atacados desde varios medios de comunicación masiva. Una nota del semanario Primera Plana de febrero de 1968 presentó una buena reseña sobre el tema.
En enero de 1968, un grupo de hippies nos fuimos a Valeria del Mar. En ese momento, Valeria era una forestación en las dunas, entre Cariló y Pinamar, y todavía no había casi nada más que arena, plantas de esas de fijar dunas, árboles creciendo. Había mucha leña, no me acuerdo de dónde sacábamos agua, no sé quién llevaba comida para cocinar, ni quién llevó carpas, pero allí nos juntamos un grupo numeroso de hippies (seríamos unos veinte), leíamos a Krishnamurti (especialmente La verdad primera y última), cantábamos, conversábamos, nos bañábamos en el mar y, básicamente, sentíamos.
Breve bibliografía del gurú hippie:
Krishnamurti, La verdad primera y última
Marcuse, El hombre unidimensional
Fromm, El arte de amar y El miedo a la libertad


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4. Los hippies reprimidos por la dictadura de Onganía 

2. La escuela secundaria: El Nacional Buenos Aires

Algunas de mis compañeras en el Colegio.
A la derecha de la foto, Mirta

La escuela secundaria la hice en el Colegio Nacional de Buenos Aires y la pasé fantástico, sobre todo porque tenía un muy buen amigo con el cual compartíamos el gusto por el cine. Desde tercer año, una o dos veces a la semana entrábamos al colegio, decíamos presente y nos volvíamos afuera, para ir a un cine de la Avenida Corrientes, el extraordinario Lorraine, donde veíamos todas las películas de Fellini, Antonioni, Visconti, Goddard, Resnais y Bergman, por lo menos. Como éramos la segunda camada del Colegio con aulas de varones junto con mujeres (había también otros gustos, pero con menos publicidad que los dos clásicos), recuerdo algunos amores. En la foto, tomada cuando estábamos en sexto año, algunas de mis compañeras de división. Las tres primeras son Eleonora Baffigi, Isabel Briuolo (hoy en México) y María Laura Eandi (vive en España). Las dos de la derecha ya no están más entre nosotros: Silvia Lener, que unos diez años después fue la neonatóloga que atendió a mi primer hijo, Pablo; y mi querida amiga Mirta Cancela, que vivía en Valentín Alsina, en la calle Jean Jaurés. Una vez que la fui a visitar, bajé del colectivo y pregunté por la calle, pronunciando "Yan Yogué" (comme il faut), varias veces, sin éxito, hasta que una señora me dijo: "Jeán Jaures, dirá" (pronunciado exactamente como está escrito). La calle era la de la esquina donde estaba preguntando.

Muchos años después me enteré que Mirta había sido víctima del terrorismo de estado de los '70.

Me gustaba mucho la política. En 1962 yo era un ferviente admirador de Fidel Castro y recuerdo con verdadera ternura cómo un entonces compañero (de Colegio y por seis años), quien pocos años más tarde se hiciera famoso como creador y líder de la organización Montoneros, escenificó un "bloqueo" a mi persona (y básicamente a mi cuerpo), secundado por dos o tres más, en una informadísima alusión al bloqueo norteamericano a Cuba durante la crisis de los misiles. En el mismo año, unos meses después, me encontré incorporado a uno de los primeros partidos maoístas de la Argentina, un desprendimiento del Partido Socialista Argentino de Vanguardia, que a su vez era un desprendimiento del Partido Socialista Argentino, que a su vez provenía de una escisión del viejo Partido Socialista. Allí leíamos con mucha atención textos de Mao Ze Dong (cuando todavía se escribía Mao Tse Tung). En esta aventura y en la siguiente, me encontré acompañado por mi entrañable amigo Daniel Chango Illanes,  académico y principal dirigente de la izquierda en la Provincia de San Juan, Argentina hasta su fallecimiento en el 2012.

Al año siguiente, me incorporé a Praxis, un extraordinariamente inteligente (y pequeño) grupo de post-trotskystas orientados por ese gigantesco pensador que fue Silvio Frondizi. Allí militaba entre otros el actualmente dirigente neo-trotzkysta Jorge Altamira. De allí nos fuimos, un poco después, unos pocos de los no muchos que éramos en Praxis, y fundamos un espacio (como se dice ahora) llamado 3MH (Tercer Movimiento Histórico). Me tocó actuar en su agrupación juvenil llamada LARJA (Liga de Acción Revolucionaria de la Joven Argentina), en una algo cacofónica alusión a FORJA, la agrupación radical que ingresó y tuvo un papel destacadísimo en el peronismo del 45, un papel que nosotros queríamos emular en la conformación del nuevo movimiento histórico que visionábamos, veinte años antes que lo hiciera Alfonsín, y cuarenta años antes que lo realizaran (sin decirlo) los Kirchner. Y con mis quince años de edad, me tocó un papel destacado: yo era el responsable de AgitProp, nombre tomado, un poco juguetonamente, del acrónimo de Agitación y Propaganda -Agitatsii i Propagandy- acuñado a principios del siglo XX por Jorge Plejánov en Rusia.

En ese papel, y mientras las chicas se dedicaban a un grupo de estudios sobre "El Segundo Sexo" de Simone de Beauvoir (uno de mis compañeros de entonces sostenía que eso era para que todos tuviéramos mejor sexo), yo organicé algunas actividades. De ellas recuerdo especialmente una en la que debíamos pintar con alquitrán en varios paredones "Vandor se quemó, el pueblo por su lado" (yo no me acordaba con exactitud el texto, así que pintamos "... el pueblo se va solo"), firmado "3MH". Más allá del carácter esotérico -y en cierto modo precursor- de la pintada, me llama la atención la audacia que teníamos, en semi-soledad, de ponernos a confrontar, en las paredes de la ciudad, con un señor tan poderoso como era entonces el "Lobo" Vandor. De todos modos, la audacia no tuvo efectos mayores que caer presos (eran tiempos del Presidente Illia) y recibir unos cuantos sopapos de un sargento gordo que a mí me pareció muy grande de tamaño. Algunos integrantes de 3MH (todos ellos provenientes de Praxis) que recuerdo de aquella época son: Jorge Castro, Jorge Bolívar, José Roberto y José Ricardo (Pepe) Elischev, Rolando (Lani) Hanglin, los hermanos Lewinger (uno de ellos, luego fundador de las FAR junto con el Negro Quieto); Rubén Caletti, Pascual Albanese.

Al año siguiente, ya en 1966, junto con un pequeño puñado de compañeros -el resto de los cuales luego crearían Montoneros-, fundamos la Juventud Peronista del Colegio, fuertemente influenciados por dos curas: Alberto Carbone y Carlos Mujica. Unos meses después, fue el golpe de Onganía, con el cual empezó una dictadura militar de varios años y marcó el fin de mi primer romance con la política. ¿Qué pasó? Unos días después del golpe, uno de mis compañeros "peronistas" del Colegio -más tarde dirigente Montonero- me busca y me dice, "vamos a Exactas" (la Facultad de Ciencias Exactas quedaba entonces a la vuelta del Colegio Nacional), me explica que había que echar a los estudiantes y profesores que tomaban la Facultad, en contra de Onganía. No estuve de acuerdo y no fui, y poco después me enteraba que los estudiantes y profesores habían sido expulsados a garrotazos por la Policía.

También estudiaba, y mucho, que fue la única manera en que se podía completar los estudios en un Colegio Secundario realmente muy exigente. Entonces, al terminar, como casi todos mis compañeros, enfilé rumbo a la Universidad. Elegí estudiar abogacía, como mi viejo y mi hermana, con la idea de luego estudiar Administración de Empresas y finalmente convertirme en alto ejecutivo de una corporación. Para eso, me puse un traje con saco de cuatro botones y chaleco -el único traje a medida que tuve en mi vida- y empecé a ir a la Facultad de Derecho. Era el año 1967. En un cuatrimestre aprobé tres materias. Al terminar de rendir la tercera de ellas, Derecho Político, el Profesor Adjunto me felicitó por la excelente exposición que había presentado en mi examen. Le contesté que no podía aceptar la felicitación, porque siendo que la materia tenía como contenido básico los fundamentos de un Estado de Derecho, él mismo no estaba políticamente habilitado para felicitar a nadie: se llamaba Mariano Grondona y había sido uno de los preparadores ideológico-comunicacionales del golpe de Onganía, desde los artículos que él escribía en la revista Primera Plana.

Hasta ahí llegó mi proyecto de convertirme en directivo de una gran empresa. Y allí comienza otra historia.

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3- Los náufragos de Plaza San Martín: hippies en Argentina 

1. Los tiempos de la escuela primaria

Nací en Buenos Aires en 1949 y me crié en el centro de la ciudad, en un departamento en Callao y Lavalle, donde vivía con mi papá Benito, mi mamá Dorita Loyber y mis hermanos Laura (que me llevaba doce años, Eduardo (me llevaba diez) y Jorge (seis años mayor que yo). Mi primera escuela primaria, donde fui a los seis y siete años, quedaba en la misma cuadra que mi casa. Era una Escuela Normal (tenía primaria y secundaria, y de la secundaria en esa época las chicas salían con título de Maestra de Escuela Primaria), y en los dos primeros grados se admitía varones, en una época en que la educación mixta era una rareza.

La segunda escuela era un edificio que imitaba la arquitectura de un templo griego y que desde mi altura de entonces me parecía enorme. Todavía hoy me parece muy alto. Al lado de la escuela, calle por medio está el Teatro Colón. Cruzando otra calle, hay una magnífica plaza con tres manzanas de superficie.

Cuando trato de recordar esa época, me vienen a la memoria dos escenas:



  • El día que nos dijeron que teníamos conducta deficiente a causa de nuestra inventiva
Cuando hacía segundo grado (en esa época, se lo llamaba "primero superior"), un grupo de chicos y chicas inventamos un juego para el recreo donde los chicos perseguíamos a las chicas y teníamos que atraparlas. Recuerdo que era muy divertido. Al poco tiempo, la maestra y la directora nos buscaron por el patio, nos atraparon a nosotros y nos llevaron al aula. Allí, nos pusieron al frente, nos sermonearon algo que no recuerdo, y nos dijeron (y les dijeron a nuestros compañeros/as) que íbamos a tener "conducta deficiente" en el Boletín. Recuerdo que entendí que eso era algo muy malo, porque las calificaciones a la conducta eran "muy buena", "buena", "regular" y "mala". También recuerdo haber sentido una mezcla de verguüenza y sentimiento de ser objeto de una injusticia.

  • Unos nazis de la infancia
Este es un recuerdo de unos años después (yo tendría unos once años). Yo iba a jugar a la pelota a la plaza de enfrente de la escuela -y a veces, los fines de semana, a las plazoletas cerca de la entonces Costanera Norte), con un grupo de compañeros. Uno de ellos estaba en Tacuara, una organización juvenil bastante nazi de esa época (el nombre completo era "Movimiento Nacionalista Tacuara"), que era claramente antisemita. Otro de los amigos era judío, como yo. ¡Un día también entró en Tacuara! Y lean esto: mien tras que el primero (el no judío), no sobreactuaba para nada, el segundo (el judío), cuando se hizo de Tacuara empezó a poner cara de nazi. Cuando terminé la primaria, a fines de ese año, dejé de verlos y nunca más supe de ellos.

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2. La escuela secundaria: El Nacional Buenos Aires

¿Qué quiere decir "autobiografía autorizada"?

Lo de "autorizada" quiere decir que el Mario Rabey biografiado autoriza al Mario Rabey autor a publicar todo lo que éste dice. De ninguna manera el biografiado se hace responsable por lo que dice el autor. En cuanto a lo que se dice de otras personas, no podemos dar (ni el biografiado ni el autor) ninguna seguridad de estar diciendo la "verdad". Es la escritura de recuerdos personales. De todos modos, cualquiera que quiera dejar de ser mencionado, que cambiemos lo que se dice, que agreguemos otras cosas, en fin, que modifiquemos los "hechos" aquí presentados, puede dejarnos un comentario al respecto.

Mario Rabey y Mario Rabey


Datos personales

Mi foto
El menor de los cuatro hijos de Benito Rabey y Dora Loyber, nací el 2 de abril de 1949. Trabajé desde los 16 años: asistente en un estudio jurídico (1966-1967), gerente de un grupo de industrias culturales –Manal, Mandioca, Mano Editora, Mambo Show- (1968-1970); artesano (1971-1972). Estudié Antropología en la Universidad de Buenos Aires (1972-1976); he sido docente e investigador universitario -desde ayudante de segunda hasta profesor titular, en diversas Universidades de Argentina y del extranjero, profesor de cursos de postgrado sobre ecología humana, evolución, multiculturalismo y estudios latinoamericanos, investigador científico , consultor en proyectos de organizaciones internacionales, nacionales, empresariales y sin fines de lucro. Formación Postdoctoral: Universidad de Texas en Austin - Comisión Fulbright (1990). Padre de cinco hijos: Pablo (34), Eva (32), Adriana (28), Lucía (26) y Nahuel (12).