(contra)memorias, por mario rabey


más de cuarenta años de construcción cultural de la Civilización, contra una Civilización que destruye y se destruye


contracultura es la reacción de las culturas

Otras historias

27. Amílcar Herrera y el Proyecto de Tecnología Apropiada en los Andes


Así, un día de octubre de 1981, María, Pablo, Eva y yo nos subimos en Valença a un ómnibus que ya venía viajando hacía dos días desde Fortaleza, para bajarnos un día después en la Rodoviaria de Sao Paulo.

Allí nos tomamos un taxi hasta la casa de Alejandra Herrera, la hija mayor de Amílcar Herrera. No recuerdo si ella sabía que estábamos llegando, ni tampoco sí su padre sabía que yo estaba yendo a visitarlo para conversar sobre La Larga Jornada, un notable libro que había escrito Amílcar, culminando una trayectoria donde se había consolidado primero como uno de los más importantes geólogos de América Latina, para luego ser uno de los impulsores de un pensamiento alternativo en la política de la Ciencia y la Tecnología (junto con ese otro notable de las décadas del ’60 y el 70, Oscar Varsavsky) y luego, como director de la Fundación Bariloche , había dirigido el trabajo y la publicación llamada ¿Catástrofe o Nueva Sociedad?- El Modelo Mundial Latinoamericano, desde el cual un grupo interdisciplinario de científicos contestó al catastrofismo de Los límites del crecimiento, publicado unos años antes por el Club de Roma.

Con Alejandra nos conocíamos desde la época del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando, pese a que ella era unos años menor que yo, habíamos compartido un grupo de referencia y algunas pequeñas aventuras. En esa época, también había conocido en su casa a Amílcar, pero sin mayores consecuencias. Pero ahora, unos meses antes, José Luis Damato me había puesto en contacto con La Larga Jornada, un libro donde Amílcar desarrollaba ampliamente la categoría sintropía –también conocida como negentropía- como tendencia opuesta a la entropía, y que explica la evolución de los sistemas vivientes –y sociales- hacia formas de niveles crecientes de complejidad y auto-organización.

Pasamos entonces algunos días en la casa en Sao Paulo donde Alejandra transcurría su exilio junto con su marido y sus pequeños hijos. Después, nos fuimos a Campinas, donde vivía Amílcar, entonces Director del Instituto de Geociencias de la Universidad Estadual de Sao Paulo. Allí me pasaron dos cosas que transformaron el curso de mi vida durante los siguientes veinte años. En primer lugar, me entusiasmé con al figura de un científico maduro, con un pensamiento interesante, brillante y amplio, dirigiendo un centro de investigación. Hasta ese momento, yo había tenido contacto –e incluso trabajado- con algunos personajes semejantes, pero ninguno me despertó tanta simpatía, empatía y seducción como Amílcar.
CECITEB - Edificio construido aplicando los principios de
la tecnología apropiada, tal como fueron establecidos por Amílcar O. Herrera
Barrancas, Puna de Jujuy, 1986

En segundo lugar, Amílcar me proveyó de un interés para la investigación mucho mayor que el de la mera indagación academicista sobre cuestiones que aún siendo fascinantes -como la ecología cultural de los Andes y su relación con la ritualidad indígena que yo había explorado hasta ese momento con Rodolfo Merlino- no pasaban de constituir un ejercicio intelectual. En esa época, Amílcar estaba dirigiendo un Proyecto –en el marco de la UNU, Universidad de las Naciones Unidas-, sobre investigación y desarrollo de tecnología apropiada, a la cual él entendía como una producción endógena, donde se combinan conocimientos científico-tecnológicos con conocimientos propios de poblaciones locales.
La idea me entusiasmó, conversé largamente con Amílcar sobre su posible implementación en el mundo andino. Cuando emprendimos viaje a Buenos Aires, unos diez o quince días después, yo ya estaba decidido a intentar iniciar un proyecto de tecnología apropiada en la Puna de Jujuy.

Al llegar a Buenos Aires, mientras continuaba la actividad en GIDEA, comencé a armar una presentación para postularme a ingresar en la Carrera del Investigador Científico y Tecnológico del CONICET, con un Plan que titulé "Antropología Aplicada a la Investigación y Desarrollo de Tecnología Apropiada", para lo cual preparé, junto con Rodolfo Merlino (quien iba a ser mi Director de Investigación) un artículo con el mismo nombre, que presentamos para su publicación y fue aceptado en una revista especializada que dirigía Roberto Marcellino, un biantropólogo cordobés que tenía una posición importante en el CONICET en aquella época. Aceptaron firmarme notas de referencia el antropólogo Edgardo Cordeu, el abogado Alberto Castells y el médico investigador en neurobiología Jorge Affani (a los dos últimos los había conocido en la Universidad del Salvador, al primero en la UBA). La propuesta fue presentada a principios de 1982 y habría de ser aprobada a fines de año.

Bibliografía de Referencia:

HERRERA, A. O., 1981. The Generation of Technologies in Rural Areas. World Development, 9: 21 - 35.

MERLINO, R.O. y M. A. RABEY, 1981 (1983). Antropología Aplicada a la Investigación y Desarrollo de Tecnología Apropiada. Publicaciones del Instituto de Antropología, 37: 7-21. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba. Argentina.


26. Una estadía en Brasil, en familia, en 1981

Nos sacamos unos pasajes de ida en avión y nos fuimos de un tirón a Salvador, Bahia, una ciudad donde yo había estado diez años antes carnavaleando junto con Pedro y Hernán Pujó y Julio Salvidea. Ahora, el viaje era con mi esposa María y mis dos primeros hijos Pablo y Eva, que entonces tenían tres y dos años.

Llegando al aeropuerto de Salvador, nos alquilamos un Wolkswagen (un escarabajo) y nos fuimos para el lado del centro histórico, para Praça da Sé, un bello lugar en cuyos extremos están la Catedral y la Iglesia de San Francisco. Allí nos ubicamos en un hotel muy popular y barato. En esa época, el casco histórico era un barrio popular (los turistas iban poco y los bahianos de clase media para arriba solamente iban a misa). Al costado, comenzaba el Pelourinho, en esa época un área de hábitat muy popular, bastante desordenado y divertido, donde incluso se encontraban gallinas y chanchos por las calles (que obviamente vivían en las casas con sus dueños). Praça da Sé era entonces una zona de putas, que empezaban su trabajo bastante temprano por cierto. Las más lindas estaban habitualmente en un lugar más destacado, una especie de plataforma, donde había una cruz de unos dos metros de alto, que parecía marcar un lugar aproximadamente intemedio entre las dos iglesias. Las chicas se encariñaron enseguida con Pablo y Eva ("as crianzinhas").

En tren de conocer de todo, y aprovechando el auto, uno de esos días fuimos a Itapua, que entonces estaba dejando de ser un pueblo de pescadores negros, y se estaba conurbando en Salvador. Nos sentamos a comer unos pescados en un restaurancito cerca del mar y nos atendió muy bien un mozo supersonriente. A los dos o tres días, volvimos para pasear por la playa de Itapua, y mientras caminábamos, vimos un grupito de jóvenes (negros), en malla, agrupados al lado de unas rocas, y haciendo algo que no alcanzábamos a divisar. Para nuestra sorpresa (y susto), uno de ellos vino corriendo hacia nosotros. Era Joao, el mozo de unos días antes, que venía a ofrecernos una pinaúna, un erizo de mar: los habían estado recogiendo entre las rocas y lo que veíamos era el grupo de muchachos asando los erizos.

Claro que ahí nos hicimos amigos y, en pocos días, Joao nos había conseguido una buena casa en alquiler, de estilo local, cerca de la playa y a muy buen precio. Allí nos quedamos un mes, tiempo en el cual apareció gente nueva. Pipo Lernoud llegó y alquiló una casita cerca. Después llegó Claudio Kleinman, a quien habia conocido en Pan Caliente, que se quedó en casa un tiempo. Desde entonces recién volví e encontrarlo después de haber escrito estas notas, en un concierto organizado por Luis Calcagno y Patricia Mo, desde Mucha Madera, en La Casona de Colombres, en marzo de 2009. Lo volví a encontrar tocando la guitarra y cantando blues, como la última vez que lo había visto, recostado en una hamaca paraguaya en nuestra casa en Itapuá, veintiocho años antes.

Nosotros fuimos a varios terreiros al candomblé, incluyendo un par de candomblés de caboclo, uno de los cuales era el de Itapoá, donde participamos en una batida de candomblé dedicada al "cumpleaños de la patria" - siete de septiembre, día de la Independencia (le hicieron torta con velitas y le cantaron "parabeins pra você", mientras las filhas do santo entraban en trance y eran cabalgadas cada una por su respectivo santo da cabeza)-. También pasaron por ahí una turma de hippies brasileros y argentinos, en un colectivo y se fueron para Arembepe, un pueblito de pescadores más alejado. También comimos mucha comida bahiana en base a pescado (moqueca de peixe, sopado de peixe), porque Joao era un cocinero excelente. La mujer de Joao, una negra bien renegrida y mota, cuando le pregunté un día de donde habían venido sus abuelos, o sus bisabuelos, me contestó: "de Portugal". También nos hicimos una escapada de dos días al Recóncavo, a las festas juninas, con as crianzinhas dançando alrededor das fogueiras de Sao Joao. Dormimos en Santo Amaro da Purificaçao, la ciudad donde nacieron y se criaron Maria Betanhia y Caetano Veloso (minino da terra, lo menciona un placa conmemorativa).

También pusimos, en sociedad con Joao, una "barraca na praia" de Itapoa. Yo puse las bebidas (cachaza, ron, vodka), el limón, azúcar, vasos, etc., para preparar caipirinhas, caipiríssimas y caipiroskas. También ollas, un calentador e ingredientes para cocinar. Joao armó la barraca con madera y hojas de palmera. Compramos algunas sillas. Joao cocinaba y preparaba los tragos, todos comíamos y bebíamos, de vez en cuando alguien pasaba con guitarra y tocaba y cantaba, y hasta a veces alguien pagaba algo. Así hasta que se acabó el capital. Y ya era hora de continuar viajando.

Así que nos subimos a un ómnibus y nos fuimos a Valença. Yo ya tenía información precisa de una zona donde quería pasar un tiempo, un archipiélago llamado los "tabuleiros de Valença", con una rica cultura de pescadores.

Paamos un día en un hotel, a todo lujo, y de ahí nos tomamos una lancha (había tres por semana) hasta Morro de Sao Paulo, en la isla de Tinharé. En esa época, solamente vivían allí los pescadores, había algunas casas de gente de Salvador, además de tres o cuatro hippies -incluyendo algún argentino- que se habían instalado en las afueras del pueblo, quién sabe cómo. Aquilamos su casa por un mes a Joaozinho, quien se fue a vivir a la casa de un turista que él tenía a su cuidado. Hice allí un montón de entrevistas y observación antropológica que nunca sistematicé después. Pero ¡qué placer esa estadía! Los pescadores y nosotros, durante un mes, hablando de mareas, peces, pesca, tecnología de pesca, redes, cangrejos de mar y de río, pulpos, langostas. Y por supuesto, comiendo comida de mar.

Tuve, en el medio, tiempo y tranquilidad para hacer una recorrida, en gran parte a pie, por los tabuleiros, de una semana. El primer día salí caminando por la costa, a pie, rumbo al sur, pasé un manglar y cruce una arroyo caminando sobre los cangrejos (pensé que pisando con cuidado, los pies no se hundían y no había mayor peligro de ser mordido) y después de un rato llegué a un pueblito de pescadores llamado Garapuá. Allí dormí en lo de una familia de recolectores de cangrejo, donde estaba parando el marido de una hija, él mismo dueño de una pescadería en Valença, y marido -además- de la hija de unos pescadores en otro pueblo y de la mujer que atendía la pescadería. Una poligamia excelente. A los dos días, alguien me cruzó en su barca a Boipeba, la isla del frente, más al sur, donde llegué enseguida a una gran aldea de pescadores, Velha Boipeba. Allí comí en una posada y salí a caminar. Enseguida me encontré con dos hombres jóvenes, un poco menores que yo, que iban -como yo- vestidos con malla y ojotas. Me preguntaron si había comido y cuando les contesté que sí y dónde, me retaron amablemente diciendo que esas posadas eran para los viajantes de comercio, pero que yo tenía que ir a comer y dormir "a casa da gente" ("a gente" en ese caso, ya eran ellos). Tenían una pelota con la que jugamos, y fuimos a bañarnos a una casilla de baños, donde nos desnudamos, nos bañamos, "jogamos bola", y la cosa no pasó a mayores. Uno era el cuñado del otro y me llevaron a la casa donde vivían ambos, junto con la esposa de uno (que era hermana del otro) y no me acuerdo si hijos. Mientras nos preparábamos para la cena, ella -que resultó ser la mai do santo (muy joven por cierto) de un terreiro de Candomblé- me dijo que tenía que "pegar uma mulher" allí. Estaba por ahí su hermana más joven, y era claro que no estábamos hablando de una relación ocasional. Yo le explique que tenía una esposa -en Morro- y ella me dijo: "pega mais uma".

Unos días después, conseguí seguir viaje en una barca particular, esta vez hacia el oeste, cambiando de isla y desembarcando en la ciudad de Cairú. Quería ver el Convento, famoso por su mayólica, uno de los pocos ejemplos existentes de la mayólica lisboana que se perdió casi totalmente luego del terremoto. Fui a ver al que parecía el único monje que parecía habitar ahí, que me mostró a regañadientes el edificio y trató de hacerme desistir de mi idea de dormir ahí, diciéndome "tein murciegos ... ¡e vampiros!". Por supuesto que me quedé a dormir allí y a comer con el monje, que no era tan mezquino como viejo chocho. A los dos días, estaba viajando en una lancha de pasajeros a Valença. Iba de compañero de viaje el pescadero polígamo, quien estaba seduciendo animadamente a una adolescente que viajaba con su madre.

Ese día o al día siguiente volvía a Morro. Pocos días después, armábamos el equipaje y nos íbamos a Valença los cuatro, para subirnos a un ómnibus y hace el largo viaje hasta Sao Paulo, donde yo había decidido visitar a Amílcar Herrera.

25. GIDEA: Un Grupo Interdisciplinario para el desarrollo de Eco-Alternativas

Así las cosas, mientras coordinaba algunos talleres de Ecología Humana en la sede de Pan Caliente, y los fines de semana nos encontrábamos con algunos amigos en casa en Pablo Nogués, durante 1981 apareció la idea de organizar un grupo de reflexión y acción. Allí estaban, junto conmigo, José Luis Damato, Ricardo Orquera, Horacio Arló. A veces participaba Pipo Lernoud, que siempre estaba en buena disposición para pensar y diseñar.

Otra que era de la partida era Silvia Nakache, una sicóloga que exploraba la mirada y la práctica gestáltica. Con ella llegamos a organizar unos divertidos e interesantes talleres-aldea en casa. Era una persona fantástica. Tenía un novio y se estaba por casar. Un día, comíamos los tres en su casa, y él le preguntó "¿Silvia, por qué se separan las parejas?" Ella le contestó: "Porque se juntan".

En poco tiempo, tuvimos nombre: GIDEA, Grupo Interdisciplinario de Eco-Alternativas. Rodolfo Merlino nos prestó, para funcionar, su espacioso estudio en la calle Cerrito, en el centro de Buenos Aires. Allí organizamos cursos, talleres, y otras actividades, entre las cuales una serie de funciones de cine-debate. Recuerdo que, en medio de la creatividad que campeaba en el lugar, Juan Carlos Kreimer comenzó el diseño de lo que luego fuera su brillante emprendimiento editorial Uno Mismo. También circuló por allí la gente que luego instaló el proyecto Multiversidad de Buenos Aires, impulsado por ese gigantesco activista y pensador de la contracultura, Miguel Grimberg.

Todo esto pasaba mientras en otras escenas de la ciudad y del país, se acercaba a su fin la negra noche de la dictadura militar. Así como Mutantia y El Expreso Imaginario habían sido un sitio de refugio en la lectura, GIDEA, la Multiversidad y otros pequeños grupos de reflexión y acción se constituyeron en espacio de resistencia cultural activa y creadora.

En medio de esta experiencia, María, Pablo, Eva y yo nos fuimos a pasar tres meses en Brasil, donde también estaba yendo a pasar un tiempo Pipo Lernoud, con su entonces pareja, Ana Reig.

24. Un tiempo rur-urbano: viviendo en Pablo Nogués

Alrededor de 1980, conocí a Jorge Pistocchi y Ralph Rotchild. Jorge había sido uno de los editores de la ahora legendaria revista El Expreso Imaginario, que había estado saliendo desde 1976. Una revista impresionante, ya desde la tapa, si consideramos que se publicaba en Buenos Aires en medio de la Tercera Guerra Mundial. La hacían Pistocchi, junto con Alberto Ohanian y mi viejo y querido amigo Pipo Lernoud, actuando como Jefe de Redacción José Luis Damato, quien luego pasaría a otra revista notable de la época: Mutantia, que dirigía Miguel Grimberg. Hace unos años, Ricardo Terriles escribió una interesante Tesina de Licenciatura en Comunicación Social, dedicada íntegramente al Expreso. Cuando yo los conocí, Jorge y Ralph estaban empezando otra revista, Zaff, en la cual colaboré con varios artículos. Inmediatamente después de Zaff, armaron otra revista, Pan Caliente, donde también escribí varios trabajos, incluyendo un artículo que volví a publicar hace poco en mi blog: El Imperio y los Rebeldes.

Mientras escribía colaboraciones para Pan Caliente, ya a fines de 1981, fui conociendo a un conjunto de personajes muy interesantes que estaban vinculados con la revista. Allí se dio, casi espontáneamente, que me pidieron que les organizara cursos sobre temas de Ecología. Retomé un curso de posgrado de Ecología Humana que había armado unos años antes en la Universidad del Salvador y rápidamente se armaron varios grupos. Lo que ganaba con estos cursos me permitió reemplazar parcialmente la merma de ingresos que me representó el cambio de autoridades en la Universidad del Salvador en 1980, a consecuencia del cual perdí los contratos de docencia e investigación que había tenido allí durante dos años. Como un poco antes había conseguido un reparto de champiñones, para lo cual me compré una furgoneta Citroen 3CV usada, el cuadro económico y de comodidades se me había completado satisfactoriamente.

Para esa época, yo ya estaba viviendo en la primera casa que conseguí comprar. Eso fue a principios de 1979. Como mi amigo Daniel González se había querido a vivir solo al centro de la ciudad, me pidió que le dejara la casa de Tapiales, para alquilarla y con esos ingresos, a su vez pagar el alquiler de un departamento. Entonces, con María y mi hijo Pablo, que ya tenía un año de edad, nos fuimos a vivir en la casa de mis entonces suegros, unos humildes trabajadores que vivían en un barrio obrero cercano a la localidad de Polvorines. Fue muy buena esa mudanza, porque como estábamos un poco apretados, yo decidí endeudarme hasta las orejas (me prestaron plata Rosalía González -la madre de Daniel- y Yiyo Starc, y además tomé préstamos del banco Provincia y de la Caja de Ahorro) y comprar una casa muy sencilla, muy poco equipada, pero con tres unidades de vivienda una al lado de la otra. Quedaba en Polvorines, ya muy cerca de la estación Pablo Nogués.

Una de las viviendas la alquilamos, para ayudarnos a salir de deudas. En otra se instaló mi viejo, Benito, quien finalmente había tenido que abandonar el departamento de Callao y Lavalle, al terminar la Ley de Alquileres. Y en la tercera me instalé con María, Pablo y Eva, que acababa de nacer en marzo de 1979. Además, la casa tenía un gran lote (25 metros de frente por cuarenta de fondo) y estaba rodeada por un montón de lotes vacíos. El lugar se prestaba para una buena vida, rur-urbana.

Yo salía varias mañanas por semana a repartir champiñones. De allí me iba a veces a dar clases particulares. Y después, también a veces, a la redacción de Pan Caliente. El resto del tiempo, lo pasaba en casa, donde leía y escribía mucho. Venía seguido Rodolfo Merlino, con el cual estuvimos escribiendo varios ensayos, y a veces iba yo a trabajar y pasarla realmente bien en su casa en Bella Vista. Mi viejo estaba casi todo el tiempo en la casa, con los dos chiquitos, ayudado por una señora que venía a colaborar en las tares domésticas, mientras María se iba a trabajar como enfermera a una fábrica cercana. El viejo se organizó una buena quinta, la pasaba fenómeno con Pablo y Eva y se hacía unos asados fantásticos.

Los fines de semana, venían amigos, de los que se iban nucleando en las reuniones y grupos de Pan Caliente. Con ellos, armamos GIDEA (el Grupo Interdisciplinario para el Desarrollo de Eco-Alternativas), del cual voy a hablar un poco más en el capítulo siguiente.

23. Un maestro: Don Valentín

Hay varias personas a las cuales estoy agradeciendo en estas (Contra)Memorias por lo que hicieron por mí a lo largo de mi vida.

Pero el agradecimiento más grande, por su contribución a mi desarrollo como ser humano, aunque también particularmente en lo que con­cierne al desarrollo de mi carrera de antropólogo, es hacia Valentín Pu­ca, quien me convirtió al biculturalismo. En una memorable mañana de agosto -el mes de la Pachamama- de 1977, me introdujo de una manera cariñosamente brusca en la cultura Coya. Yo había hecho un viaje, dirigido por Rodolfo Merlino, y junto con otro estudiante de antropología y hoy colega, José María Gerling. El viaje nos transportó, muy rápidamente, desde las llanuras del territo­rio normal de la Argentina hasta el escalón más alto de las altiplani­cies de la provincia de Jujuy.

En dos días, habíamos llegado a Mina Pirquitas, un poblado minero a más de cuatro mil metros de altitud. Allí, durante la noche, en pleno invierno, penetramos en el primer nivel de galerías para participar en un ritual al Tío, poderoso dueño de las profundi­dades y miembro, junto con la Pacha o Pachamama y Coquena, de la triada de seres potentes de la cosmovisión Coya.

Frí extremo, alcohol, trance y terror, con el culminante sacrificio de un toro, contra el cual se libró un com­bate ritual colectivo en las profundidades, fueron el preámbulo de mi caída, ya al día si­guiente, en el apunamiento. Esta es una enfermedad propia de las grandes alturas de la región, caracterizada por un pro­fundo y gene­ralizado malestar orgánico, con escasos sínto­mas diferenciables, entre los cuales un fortísimo dolor de cabeza y males­tar de estóma­go. Además, es un estado sumamente temido, especialmen­te por los visitantes de otras regiones, pero también por los pro­pios habitantes.

Cuando, al final de la senda transitable por vehículos automo­tores, descendimos del auto, comenzaron los que para mí fueron los cuatro kilómetros de caminata más penosos de mi vida, a lo largo de una pequeña quebrada donde se encontraba la casa principal de la familia (Merlino y Rabey 1979). Durante el recorrido, Don Valentín estuvo muy preocupado por mi estado.

Me hizo olfar varias veces jugo de inflorescen­cia fresca de pupusa (Wer­neria poposa), una de las plantas ca­racterísticas de la farma­copea nativa de puna alta (Rabey y Merlino 1985), sin conseguir más que un momen­táneo y demasiado suave alivio del mal. Al llegar a su casa, luego de in­dicarnos la habitación donde nos alojaríamos esos días, me lle­vó a un costado de la casa, iluminado por el sol, donde me dijo: "a usted lo agarró la Pacha". Recuerdo vívidamente que, en ese momen­to, mi angustia se acentuó.

Don Valentín, sin embargo, tenía una respuesta explicativa y práctica. "Usted no ha respetado a la Pachamama, no ha creído en ella”. Ante mi actitud perpleja, agregó: “cuando alguien falta el respeto a la Pacha, lo pilla [lo agarra]". Inmediatamente, hizo un pequeño hoyo en la tierra arenosa, sacó una bolsita con hojas de coca y me dijo: "vamos a pedirle a la Mamita que lo suelte". Invitándome a repetir sus gestos y sus palabras, me enseño los gestos básicos del ritual -y también comenzó mi inicia­ción en la cultura Coya, a través del culto a la Pachamama-:

"Pachamama, Santa Tierra, cusiya, cusiya,
protégeme, Pachamama,
no me pilles ..."

A los pocos minutos, me sentía perfectamente bien y estaba co­rriendo por los cerros, como si nada hubiera sucedido. En esos días, subimos hasta los 4.700 m de altura, donde se encuentra el puesto de pastoreo de estación seca de la familia (Rabey 1989b). Durante todo el viaje, no apareció ninguna señal de apunamiento, ni del asma que me azotaba des­de los quince años.

Un mes después, de regreso a Buenos Aires, la ex­traña sensación de la conversión a un culto indígena y de la cu­ra­ción por medios no occidentales que había tenido casi simultánea­men­te habían casi desaparecido. Sin embargo, mi historia posterior me mostró que había adquirido la capacidad de elegir -o acep­tar la elección- de la vía cul­tural adecuada -la coya o la "oc­ci­dental"- en cada bifurcación de mi camino profesional y personal.

Ninguna otra experiencia -y mucho menos ningún conjunto de in­formaciones- me hubiera provisto de un marco referencial más adecua­do para comprender la densa trama emocional en la cual se inscri­be, en términos concretos, el culto de la Pachamama. La terrible sensación de contacto con la muerte y la transición casi ins­tantánea entre el malestar más completo y el bienestar pleno me permi­tieron entender qué es lo que los coyas piden a la Pachamama, con­tra qué le piden que los proteja y en qué consisten las angustias y temores que constituyen el núcleo emocional de sus creencias y ri­tuales.

Ninguna aproximación clásica y objetivista -fuera ésta de raíz durkheimiana, marxis­ta o alguna combinación post/moderna de ambas- me hubiera permitido el nivel de comprensión que desencadenó en mí esta brusca incorpora­ción al mundo de la experiencia subjetiva Coya y, especialmente, de la eficacia simbólica de sus procedimientos.

Es curioso que, aun cuando esta experiencia hubiese quedado pro­fundamente anclada en mi memoria, recién quince años después comencé a reflexionar sobre la influencia que ejerció en mis primeros años de producción antropológica -entre 1979 y 1986-, en gran parte junto con Rodolfo Merlino.

Una obvia referencia a mi idea actual acerca de este proceso de comprensión es el que presenta Rosaldo (1988) en el primer capítulo de “Cultura y Verdad”, cuando relata cómo la muerte por accidente de su entonces mujer, mientras ambos caminaban por una senda montañosa en las Filipinas, le hizo entender el proceso de dolor que, según los Ilongot, los lleva a salir en expediciones de caza de cabezas. Mi caso parece un poco más agudo, por cuanto el tema que producía la emoción estaba directamente significado en términos de la cultura local. De todos modos, del mismo modo en que Rosaldo hubiera podido semantizar la muerte de su esposa en términos de una racionalización más occidental, yo hubiera podido racionalizar mi fuerte malestar en términos de explicaciones biológicas que conocía -el “mal de altura”-. Pero ello no me hubiera sido muy útil, porque no tenía medicina occidental a mano.

Bibliografía citada

Merlino, R. y M. A. Rabey, 1979 . El ciclo agrario-ritual en la puna argentina. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología, 12: 47-70.

Merlino, R. J. y M. A. Rabey, 1985. Ecología cultural de la puna argentina: la estructura de los ecosistemas. Actas del IV Congreso Internacional de Camélidos Sudamericanos: 219-268.

Rabey, M. 1989. Are llama-herders in the south Central Andes true pastor­al­ists? En J. Clutton-Brock (ed.), The walking larder: pat­terns of pre­dation, pastoralism and domestication: 269-276. London: Unwin Hyman.

Rosaldo, R. 1988. Culture and truth: the remaking of social analysis. Boston: Beacon Press.

22. Antropología de la puna con Rodolfo Merlino

Mientras me ganaba la vida (enseñando, investigando y organizando otras actividades en la Universidad del Salvador, actividades que combinaba con la enseñanza particular) y empezaba a armar una familia, en 1977 comencé a realizar trabajo de campo antropológico en los Andes.

Los primeros trabajos de campo fueron con Rodolfo Merlino. Y junto con él escribimos casi diez artículos que publicamos en diversas revistas científicas y libros. Estos trabajos, junto con varios artículos que escribió Rodolfo junto con Mario Sánchez Proaño, y otros que escribí yo, establecieron el conocimiento moderno acerca de las culturas andinas del noroeste argentino.

Con Rodolfo y Mario hicimos dos trabajos de campo memorables.

El primero de esos trabajos, donde también participó José María Gerling, fue en 1977 (entonces estaba en la Universidad del Salvador, cuya Secretaría de Investigación y Posgrado me otorgó para ello mi primer subsidio de investigación). Estuvimos dos meses en la Puna de Jujuy. Allí trabajamos en varios lugares, aunque el sitio clave fue la "Quebrada de Don Valentín", un nombre que le dimos nosotros a la zona habitada por don Valentín Puca y su familia.

En ese lugar, tuve una experiencia iniciática, que relato en el capítulo siguiente.

21. Casado y refugiado en la Universidad del Salvador

Entre diciembre y marzo de 1975-1976, al mismo tiempo que hacía investigación en antropología biológica experimental becado en la Fundación Antropológica Argentina, tuve un contrato como consultor en la Dirección Nacional de Investigaciones Culturales. Durante los pocos meses que duró dicho contrato (que fue interrumpido abruptamente por el golpe militar), diseñé y comencé a ejecutar el proyecto de "Primer Congreso de la Cultura del Extremos Sur Argentino". Para ello, en marzo viajé a Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Al volver a Buenos Aires, el golpe ya estaba en marcha.

Pocos días después, se consumaba. Y así terminó el que sería por años mi único trabajo rentado para el Estado. Volví a la actividad privada.

A mediados del año anterior, una querida compañera, Ana Fernández (cuyos tíos eran concesionarios del restaurant del Buenos Aires Lawn Tennis Club de Belgrano, donde yo solía ir a paliar mi hambre de estudiante sin dinero) me empezó a pasar alumnos particulares. Ella era maestra en una escuela privada muy cara de San Isidro y me puso en contacto con padres que la adoraban de hijos que la adoraban también. Esos padres no solamente tuvieron la gentileza de contratarme (con muy buena remuneración) para darles clases particulares a sus hijos, sino que me recoemendaban a otros. Esos padres fueron, básicamente, Jorge y Nora Aslan (padres de mi hoy querido amigo y gran músico Pablo Aslan) y Yiyo y Rosana Starc (padres de los fantásticos hermanos Daniel y Andrés Starc).

Así, luego del golpe, retomé rápidamente los contactos en San Isidro y comencé una actividad de docente particular, preparando alumnos de escuela primaria, secundaria e incluso materias de la Universidad, hasta al menos 1981. Esto me daba bastante plata y, además, las clases eran a domicilio, lo cual implicaba compartir buenos almuerzos, meriendas y cenas con la familia. Además, algunas casas tenían pileta! Mi calidad de vida iba en ascenso.

Mientras tanto, iba recibiendo noticias espantosas. Un día me encontré en Callao y Corrientes con Ana Rubén, una estudiante de antropología que era amiga y compañera de Ada Solari, que había tenido un breve romance conmigo. Ambas eran militantes de la Juventud Universitaria Peronista, y se habían mantenido allí luego del pase a clandestinidad de Montoneros. Ana me contó que el abuelo de Ada la había sacado del país y que ella estaba viendo qué hacía, porque estaban todos muy arrinconados. Esa y otras situaciones me hicieron decidir salirme rapidamente de los lugares donde había estado circulando hasta el golpe.

Por empezar, cambiar de vivienda -y de barrio- Yo había estado viviendo en 1975 en Callao y Lavalle, en un departamento que mi viejo alquilaba desde hacía unos 30 años, y que se mantenía con un monto de alquiler muy bajo, gracias a la "Ley de Alquileres" que tenía vigencia desde hacía décadas. Rosalía González, la madre de Daniel González (entonces joven estudiante de antropología con el cual nos habíamos hecho muy amigos), me prestó entonces una casa en el barrio de Tapiales, afuera de la Ciudad de Buenos Aires. Ella había vivido allí por años, antes de mudarse a una casa más pequeña, con su marido. Allí, los vecinos me conocían como "el ahijado de Rosalía", y yo me sentía completamente contenido. Conmigo vivían en la casa María Flores -mi entonces pareja- y Daniel. Rápidamente, el cuadro se completó con un casamiento que dio un marco completamente apropiado y cuadradito a la situación. En esa casa vivían "el ahijado de Rosalía y su esposa".

Durante 1976 terminé las monografías que me faltaban para completar la carrera de Antropología. En 1977, mi amigo Eugenio Carutti me consiguió trabajo en la Universidad de Salvador, donde se había refugiado un numerosos contingente de ex Guardia de Hierro y ex Juventud Peronista Lealtad. Por un acuerdo entre GH -que ya había sido "disuelta" por Alejandro Álvarez, su líder histórico, pero que que seguía existiendo de hecho (¿hasta hoy?)- y Bergoglio -entonces Provincial de la Compañía de Jesús (los "Jesuítas") en la Argentina-, un equipo de Guardia se había hecho cargo de la Universidad, encabezado por Cacho Piñón (como Rector), secundado por Jorge Armas (Secretario General) y acompañado por un nutrido grupo de graduados universitarios de Guardia, JPLealtad y peronistas de otras sectas, que no teníamos la más mínima posibilidad de permanecer en la Universidad.

Yo tuve trabajo como Auxiliar docente en la Cátedra que dictaba Eugenio (Epistemología de las Ciencias Sociales), donde luego fui designado Profesor Adjunto e introduje la enseñanza de la obra de Thomas Kuhn (y su Epistemología de Paradigmas y Revoluciones Científicas). También fui Profesor Adjunto en la materia "Sistemas Políticos y Sociales Contemporáneos), que dictaba Jorge Armas en la Facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social. Además, me dieron un contrato como investigador, para completar mis ingresos, que yo usaba para dedicarle tiempo a mis incipientes actividades como antropólogo social de la puna (ver capítulo siguiente), así como a organizar un equipo de reflexión sobre la ciencia, en el cual participaban Eugenio Carutti, Graciela Lemoine (geógrafa), Amelia Podetti (filósofa) ý varios científicos peronistas de la Faculta de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, entre los cuales recuerdo especialmente a los biólogos Jorge Affani y Juan Carlos Giacchi. Durante mi desempeño como investigador, también organicé un microprograma que denominé IRNAS (Investigación de las Relaciones entre Naturaleza y Sociedad), en cuyo marco funcionó -entre otras actividades- un Proyecto sobre Ecología de la Laguna de Lobos, que llevaron adelante tres alumnos avanzados de la Licenciatura en Biología de la UBA: Rodolfo Tecchi, Javier García Fernández y Jorge Etcharrán. Con los dos primeros seguí vinculado durante varios años más.

20. Mis primeros pasos en la ciencia: antropología biológica experimental

Jorge Merenzon: El metalúrgico de Flores al sur

Durante el primer semestre de 1975, como tenía que aprobar alguna materia optativa, elegí Geología. Resultaban tan poco atractivas las materias propias de ciencias sociales, que elegí ésta -aunque los que la cursaban eran los estudiantes que se interesaban por la arqueología y yo para entonces, por influencia de Rodolfo Merlino, ya estaba decidiendo optar por la Antropología Social-. Además, me pareció que dedicarme un poco a los minerales iba a completar un poco más mi formación sobre el mundo de los objetos; y que los procesos y estructuras geológicas eran un tema clave para entender al estructuralismo de Claude Lévi Strauss. Por otro lado, la profesora -Paulina Quarleri- aceptaba recibir en sus clases alumnos libres y nos permitía rendir parciales -y de paso aprender para el final-, cosa que no sucedía en todas las materias. Y como uno no se podía inscribir en más de tres materias como alumno regular, con este medio conseguía ir haciendo algunas materias más, para acercarme al objetivo de recibirme lo antes posible y escaparme de la Universidad, que ya parecía un medio cada vez más insalubre.

La materia me resulto muy formativa, como yo esperaba. Pero, además, allí conocí a un personaje extraordinario, que se llamaba Jorge Merenzon. Jorge era un tipo mayor que la mayoría de nosotros -calculo que tendría unos cuarenta y cinco a cincuenta años. El tipo se había chamuyado a la profe y consiguió que ella le asignara la actividad de llevar las muestras de minerales de no sé que depósito en la Facultad a la clase. Eso nos permitía a Jorge y a mí -y a algún otro u otra que no recuerdo exactamente-, quedarnos un tiempo con los trozos de mineral, familiarizarnos con ellos y saber de qué era cada uno. Como parte del conocimiento que evaluaba Paulina era el reconocimiento de los minerales, esto nos ayudó muchísimo.

En medio de la amistad y la complicidad con Jorge Merenzon, me enteré que él era un pequeño empresario metalúrgico, que había organizado una Fundación (la Fundación Antropológica Argentina) y la había instalado en su taller metalúrgico de la calle Zañartú, en Flores Sur.

La Fundación Antropológica Argentina

En la Fundación, había instalado ya un grupo de investigación en arqueología, liderado por Luis Orquera y donde participaban también -entre otros- Alicia Tapia y Ernesto Piana. Estaba también un equipo de etnohistoria, liderado por Ciro René Lafón. Y un laboratorio de palinología, aplicada a la arqueología, a cargo de Carlos Azcuy.

Cada uno de los grupos tenía financiamiento para hacer investigación. El laboratorio de palinología, un equipamiento de avanzada. El grupo de arqueología, dinero para hacer campañas de investigación a Tierra del Fuego (no debía ser nada barato, considerando el precio de los pasajes en avión y de las largas estadías de un grupo de personas). La gente que trabajaba en investigación -y eran unos cuantos- recibía una remuneración mensual bajo la forma de beca.

A todo ello, se sumó un laboratorio de Antropología Biológica Experimental, al cual fuimos convocados Alejandro Núñez Prins (con el cual yo había trabajado como ayudante en su cátedra de Antropología Biológica el año anterior), otro alumno de Alejandro -Renato Scaglione- y yo. El grupo era supervisado por otro profesor que yo conocí allí. Era de La Plata, se llamaba Héctor Pucciarelli, y venía con dos alumnas. Héctor usaba el método y las técnicas de antropología biológica experimental -que contrastaba hipótesis de interés bioantropológico mediante diseños experimentales que usaban como sujeto a ratas Wistar- que había tomadodel bioantropólogo norteamericano Alphonse Riesenfeld y la aplicó en la Fundación gracias a la generosidad y capacidad organizativa de Jorge Merenzon. Y también a su interés por el aprendizaje de la ciencia. Yo le pregunté un día a Jorge por qué empleaba tanto tiempo, esfuerzo y dinero en la Fundación. Me contestó que para él era un privilegio poder aprender de equipos tan formidables y activos.

Maravilloso.Y yo tuve la oportunidad de aprender, en vivo y en directo, el método experimental en la ciencia. Además, cobrando una beca por ello. Realicé un estudio experimental acerca del efecto del hacinamiento sobre el crecimiento, producto del cual fue una presentación en un Congreso científico: el de Arqueología en San Rafael, en 1976, donde organizamos una mesa redonda con los resultados del trabajo de nuestro equipo, que fueron publicados en las Actas del Congreso. Esta fue mi primera presentación en casi ochenta eventos a lo largo de mi carrera científica posterior y la primera de mis más de sesenta publicaciones científicas. El artículo fue realizado con el apoyo de la abundante bibliografía que yo obtenía entonces gracias a mi posición en la Universidad del Salvador (ver capítulo siguiente). Renato realizó un estudio experimental sobre el efecto de las radiaciones ultravioletas en el crecimiento. Y las dos chicas, sobre el efecto de las deformaciones craneanas intencionales, un tema de estrecha relación con la arqueología americana. Héctor Pucciarelli siguió aplicando el metodo y la técnica - y continúa haciéndolo y formando discípulos sobre el tema hasta nuestros días, como lo ponen en evidencia las tesis doctorales por él dirigidas y aprobadas en 1997 y en 2004.

La arqueología de los canales fueguinos, tal como hoy existe, no podría existir sin la Fundación Antropológica Argentina, que organizó expediciones y trabajo de campo en los sitios de Lancha Packewaia y Túnel. No he encontrado ninguna otra mención en Internet sobre la Fundación Antropológica Argentina, -salvo la de mi propio Curriculum Vitae-.

19. En el camino a la antropología social y cultural con Rodolfo Merlino

En 1975, con la Universidad nuevamente abierta y sus claustros limpiados de política por medio de la fuerza y la intimidación, mientras el país real estaba completamente convulsionado y ensangrentado, me inscribí en todas las materias que pude, con la idea de terminar mis estudios ese año, cosa que prácticamente conseguí.

Entre las materias que cursé, estaba el Seminario de Folklore, a cargo de Rodolfo Merlino. Rodolfo era un abogado conservador, muy estudioso, uno de los pocos profesores que tenían una mirada seria de la práctica antropológica, especialmente en lo que hace a su valorización del trabajo de campo. Nos hizo participar de una bella experiencia educativa, donde ilustraba con muy buenas diapositivas su presentación de la cultura de la Puna argentina.

A partir de ese Seminario, Rodolfo y yo iniciamos una experiencia de colaboración y trabajo conjunto, mutuamente enriquecedora, que nos hizo compartir interminables -e inolvidables- horas de charlas alrededor del mate y la ginebra, en su amplia, rústica y confortable casa de Bella Vista, sentados delante del hogar o caminando por el amplio parque. Un par de años después, hicimos nuestro primer trabajo de campo juntos, de unos dos meses de duración, que replicamos cada año hasta 1981. Pero de estos viajes y sus resultados voy a hablar con más detalle dentro de tres o cuatro capítulos.

Mientras tanto, déjenme recordar ese año aburrido, trivial, con una Facultad que se había vuelto gris y donde habían retornado unos profesores que, además de fachos -como en general lo eran- resultaban profundamente anticuados, desactualizados y desangelados. Aparte de Merlino -que brillaba solitario-, de ninguna de las materias y seminarios que tuve que cursar y aprobar para terminar la Carrera guardo el más mínimo recuerdo interesante.

En cuanto a mis amigos, por entonces sufrí una terrible pérdida. "El flaco" Mario Ramos, el uruguayo que me había ayudado durante casi un año brindándome alojamiento y comida, que él y un compatriota pagaban con su trabajo, un día estaba tomando un café con una chica en la mesa de un bar, junto a una ventana. Se paró para ir al baño, o algo así. En ese momento, una tremenda explosión reventó en algún lugar del bar. La onda expansivo lo levanto al flaco, con tanta mala suerte que se lo llevo por la ventana y lo chocó de cabeza contra un poste de cemento de alumbrado público. Murió enseguida.

La bomba -dijeron después los policías que nos vinieron a joder durante el velorio del Flaco- la habría estado preparando en el bar una integrante de una organización armada -quien también murió ahí mismo-, y habría estado destinado al dirigente radical Ricardo Balbín.

Para entonces, yo ya estaba haciendo investigación en la Fundación Antropológica Argentina.

18. Estudiando antropología en medio de la tercera guerra mundial en Argentina

Argentina, de alguna manera, parecía una adaptación de la escena argelina retratada en la película "La batalla de Argel", escena que había tenido lugar en Argelia unos quince años antes. La diferencia era que Algeria era una colonia francesa y nosotros un país neocolonial, de capitalismo dependiente. Y entonces, que las fuerzas armadas represoras -que en Argelia eran francesas- en Argentina eran argentinas.

Otra diferencia era que los imperios coloniales prácticamente habían desaparecido, y quedaban de ellos solamente algunos pocos fragmentos. La escena internacional estaba completamente dominada por los Estados Unidos y por la Unión Soviética, que disputaban el dominio mundial, sumidas en la llamada "Guerra Fría". Y la disputa no llegó a generar nunca una conflagración abierta entre las dos superpotencias (con sus respectivos aliados). Si hubiera sucedido, seguramente no estaría escribiendo esto -al menos por medio de Internet-. Hubiera sido la guerra atómica. Raro estar diciendo "guerra atómica" en 2007: pero en los '70 y los '80, era una posibilidad cierta. En Europa había una paranoia bastante generalizada al respecto. En toda Europa y USA había abundantes refugios y dispositivos de escape antiatómicos.

Pero en los países de América del sur y central, en África y Asia, casi nadie estaba temiendo a la Tercera Gerra Mundial. Sencillamente la estábamos padeciendo. Las superpotencias la libraban a través nuestro. Y entonces, nuestras fuerzas armadas (acompañadas por sus aliados civiles)estaban muy activas cazando comunistas y otros subversivos: lo que ellos llamaban "comunistas" y "subversivos".

Bueno, en medio de esa barahúnda yo estudiaba antropología. Con los muchachos del FEN de antropología y otros que estaban en la JUP (la agrupación estudiantil universitaria que respondía a la JP de la Tendencia Revolucionaria / Montoneros), entre los cuales recuerdo especialmente a Mariano Garreta, Ricardo Santillán Güemes ("Pilón") y su mujer ("Pilona"), y el memorable "Loco" Arturo Sala, fundamos el Centro de Movilización Cultural "Tupac Amaru". Estos últimos, al año siguiente, ya siendo Presidente Juan Perón, y luego de que éste reconviniera públicamente en Plaza de Mayo a la Tendencia / Montoneros ("esos estúpidos que gritan") -y ellos se retiraran entonces de la Plaza-, formaron parte del desmembramiento de la Tendencia que dio lugar a la "Juventud Peronista Lealtad"

En ese año, Alejandro Núñez Prins, el Profesor a cargo de la materia Antropología Física -que correctamente él llamaba "Antropología Biológica", me hizo designar ayudante ad honorem. Ya tenía dos ayudantes rentados, uno de los cuales, entonces militante del FEN, tuvo el gesto solidario de compartir su renta conmigo: se llamaba Andrés Rodríguez Larrea, y hace un par de décadas o más que usa solamente su primer apellido, es el actual Secretario General de UPCN.

Poco tiempo después, el 1º de julio de 1974, muere Perón, asume Isabel, que designa Ministro de Educación a Ivanissevich y Rector de la Universidad de Buenos Aires a Ottalagano. Este, a su vez, pone de Decano de Filosofía y Letras a un personaje increíble, el "presbítero" Raúl Sánchez Abelenda, al cual encontré y conocí en esos días en un ascensor del viejo edificio de la calle 25 de mayo al docientos, donde funcionaban los institutos de investigación de la Facultad de Filosofía y Letras. Él estaba vestido con una sotana que, en el recuerdo, me parece que estaba vieja y lustrosa. Llevaba un incensario encendido en la mano. Yo lo saludé y le pregunté "¿qué está haciendo, padre". Él me contestó: "exorcizando de comunistas".

La Universidad fue cerrada por un semestre. Los profesores que habían perdido sus posiciones en los comienzos del segundo peronismo fueron reinstalados. Entre ellos, Josefina Patti de Martínez Soler, la vieja profesora de "Antropología Física", que desplazó a Alejandro Núñez Prins y su moderna "Antropología Biológica". Por supuesto, yo dejé de ser Ayudante de Cátedra. Durante el cuatrimestre en que estuvo cerrada la Facultad, preparé cinco materias, cuyos exámenes rendí como alumno libre entre diciembre y marzo.

17. La vuelta de Perón y el segundo peronismo

Es así, que mientras estudiaba a toda velocidad, me iba haciendo amigo de compañeros y compañeras, en un medio fuertemente peronizado. Hacía solamente seis años que, en el Colegio secundario, los únicos "peronistas" éramos el excepcional (por lo pequeño) puñado de fundadores de la Juventud Peronista del Colegio. Ahora, la excepción eran los que no estaban peronizados.

Como suele suceder en estos casos, la casualidad, mezclada con la velocidad del meloneo por parte de los activistas, me puso en contacto rápidamente con un grupo que se llamaba FEN (Frente Estudiantil Nacional) que se había fusionado hacía poco tiempo con OUP (Organización Universitaria Peronista), y se llamaban entonces FEN-OUP. Sólo un tiempo más tarde entendí que se trataba del frente universitario de una Organización cuyo nombre oficial era "Trasvasamiento Generacional" y tenía como nombre de fantasía "Guardia de Hierro". Hoy me llama la atención la evidente carga de sobreactuación que tenían ambos nombres -y el notable hecho de tener un nombre de fantasía-. En esa época no sabía algo que empezó a circular décadas después (y cobró cierta resonancia pública hace muy pocos años) : que "Guardia de Hierro" era un nombre tomado de una organización filo-nazi de la Rumania de la pre Segunda Guerra Mundial. En 1972-1973, la explicación que circulaba era que el nombre estaba tomado de la Guardia de los emperadores romanos. ¡En nuestra fantasía, nosotros éramos los guardianes de Perón! En cuanto a lo de "Trasvasamiento", ésta era una consigna del propio Perón.

Unos diez años después, cuando estábamos volviendo a la democracia después de la última dictadura militar, me enteré que mucha gente consideraba -y sigue considerando-, a Guardia de Hierro como una agrupación de derecha, y hasta fascista. En aquellos tiempos, a mí no me daba esa imagen en absoluto. Tampoco en retrospectiva me da esa imagen. De hecho, los que estábamos en el FEN de Filosofía y Letras, suscribíamos una fuerte admiración a Mao Tse Tung, al cual equiparábamos a Perón, al punto tal que solíamos colgar grandes carteles donde transcribíamos extensos párrafos de ambos líderes. El FEN era particularmente fuerte en antropología, donde se concentraba la mayor cantidad de militantes: entre otros, Eugenio Carutti, Juan Tangari, Andrés Rodríguez Larrea y Adriana Sarramea. Eugenio nos llamaba a Adriana y a mí "Gog y Magog", en referencia a los personajes de la novela de Marechal, "El banquete de Severo Arcángelo". Un militante importante de los primeros tiempos de Guardia, Ricardo Álvarez, no circulaba ya en ese entonces entre la militancia de la Facultad.

En noviembre de ese año, vino Perón a la Argentina, y lo fue a recibir una multitud en medio de la lluvia, especialmente Rucci con un paraguas. Yo no fui. No daba mi interés en el retorno como para ir a chapotear en el barro. De todos modos, llevado por una mezcla de curiosidad y fervor peronista juvenil, pasé toda una tarde esperando (y cantando la marcha y diversas consignas) en las cercanías de la casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente López, donde se albergaba Perón en esos días de noviembre de 1972. No me acuerdo si mi paciencia fue recompensada por una salida de Perón a la ventana. Pero en mi memoria, la figura de Perón aparece recortada en la ventana, que volví a ver por primera vez en casi treinta y cinco años hace unos meses.

Mientras tanto, necesitado de ganar un poco de plata, había acudido a mis contactos del período contra-cultural. Durante un tiempo estuve promocionando en programas de radio discos para el sello Music Hall, donde estaba trabajando entonces Jorge Álvarez. Pero le dediqué más tiempo y esfuerzo a la artesanía, porque me enganché con un ex Picapiedras (el histórico local de artesanías de la Galería del Este), de nombre Gaspar. Empecé a trabajar con él en su taller -donde estaba preparando stock para llevar a su local en Villa Gessell; luego me mudé a su casa. Y, al terminar el año lectivo en la Facultad, me fui a Gessell a trabajar en la temporada del verano 1972 - 1973 en el local de Gaspar, que quedaba en una galería en 3 y 107. Con la plata que gané ese verano, pude llevar adelante mis estudios durante el año siguiente.

16. De vuelta a la civilización: cómo empecé a estudiar antropología

Había empezado el invierno de 1972. Estaba en Buenos Aires de nuevo y, todavía divagando, fui a parar al departamento de unos nuevos amigos, madre e hijo, de los cuales no me acuerdo el nombre. Sí que ella era macrobiótica, cocinaba muy rico, tenía el departamento montado con muy buen gusto, muy sencilamente y con mucho orden. Un lugar realmente apropiado para reponerme de todos estos años de bella locura, ¡un verdadero delirio los años de mi vida entre los 18 y los 23 años!

Un día, charlando con mi amiga, me preguntó: ¿Y ahora, qué vas a hacer? Sin pensarlo, le contesté: "Voy a volver a la Universidad"

Me volvió a preguntar: "¿Qué vas a estudiar?". Y, pensándolo menos todavía, le contesté: "Antropología". Estoy casi completamente seguro de que, antes de esa conversación, desde mi retirada de la Universidad cinco años antes, no había vuelto a pensar en estudiar. Y más seguro todavía de que jamás en la vida antes había pensado en estudiar Antropología. Más aún, no tenía la menor idea de qué cosas se estudiaban en antropología.

Un par de días después, fui a la Facultad de Filosofía y Letras a inscribirme. Allí me dijeron que estábamos a mitad de año y que tenía que esperar hasta el año siguiente. Yo no podía esperar. De hecho, seguramente si no empezaba a estudiar inmediatamente, iba a cambiar de planes, como he hecho casi siempre que he encontrado dilaciones para empezar a ejecutar un proyecto. Insistí e insistí. Hasta que un funcionario, creo que el Secretario Académico de la Facultad, terminó accediendo, y yo empecé a estudiar pocos días después, en agosto del '72. A los tres años y medio, para fines de 1975, ya había terminado mis estudios y entregado mi último trabajo escrito, con el cual, una vez aprobado, estaba en condiciones de ir a pedir mi título universitario.

Así que, cuando ya estaba avanzado el invierno de 1972, me inscribí en la Carrera y en varias materias. Durante un tiempo, aprovechando unos pequeños ahorros, viví en una pensión a un par de cuadras de la Facultad -que entonces funcionaba en Independencia y Urquiza-, con lo cual no necesitaba gastar tiempo y dinero en viajes, tenía la biblioteca al lado y podría avanzar rápidamente en mis estudios. A fin de año, ya había aprobado cuatro exámenes, con buenas notas. Eso me permitió, al mismo tiempo, obtener una beca de estudios y ser designado más adelante ayudante alumno en un par de materias.

1972 era el año en que se iba preparando el retorno de Perón. El 22 de agosto fue la masacre de Trelew y los jóvenes universitarios, incluso los recientemente desembarcados de la contra-cultura como yo, estábamos terriblemente conmovidos por los acontecimientos. En retrospectiva, hoy me llama poderosamente la atención que no se me ocurría relacionar mi situación en ese momento, la de la Universidad y la del país, con mis militancias políticas pre-hippies, cuando estaba en el Colegio Nacional Buenos Aires.

En cambio, los acontecimientos se me imponían. Recuerdo que a fines de agosto o principios de septiembre, estaba en el aula magna de la Facultad -repleta- viendo una proyección de "La hora de los hornos". En medio de la proyección de la película, entró la policía al edificio de la Facultad, pegando con sus palos y lanzando gases lacrimógenos. Me imagino que hubo unos cuantos presos. En multitud, nos escapamos como podíamos, corriendo, saltando por las ventanas, e ingresando masivamente en la rapidísima politización estudiantil previa al retorno de Perón.

15. Un año en El Bolsón y otros recorridos

Yo me hice una amiga y me fui para El Bolsón unas semanas después de la partida del primer grupo. Recuerdo que fuimos en el tren que iba a Bariloche, y de ahí en ómnibus hasta El Bolsón, donde no nos fue difícil encontrar a nuestros amigos, preguntando por la casa de Chatruc a orillas del río Quemquemtreu.

El lugar era realmente fantástico, y pese a que recién estaba terminando el invierno, el sol y lo benigno del clima nos hacían sentir en primavera. La casa era de madera y tenía un gran ambiente donde dormíamos todos, sobre colchonetas y bolsas de dormir. Había una salamandra que manteníamos prendida toda la noche. Había una cocina a leña, donde se cocinaba para todos.
Con Rafael, Alejandro y algunos más, nos pusimos a hacer una huerta, con lo que pronto empezaron a crecer vegetales frescos para completar la dieta. Rafael además dibujaba, Alejandro Lafleur, Alejandro Marassi, Diego Villanueva y algún otro componían y tocaban música. Era una bella primavera la de 1971 en la comunidad hippie de El Bolsón.

Al poco tiempo, no recuerdo bien por qué, nos fuimos de la casa de Chatruc a un aserradero abandonado que quedaba en un lugar más inhóspito, aunque también mucho más hermoso. Para llegar a ese lugar, había que ir hacia el oeste, cruzar la Loma del Medio, y subir por la margen izquierda del río Azul. Me acuerdo especialmente del trabajo que hubo que hacer para arreglar el techo, con tejuelas de ciprés.

De allí, con una amiga, un día nos subirmos a dos caballos y nos fuimos de viaje -en una travesía que duró unas dos semanas- hasta Plottier, un pueblo pocos kilómetros río arriba de Neuquén en las riberas del río Limay. Allí paramos en la finca de un tío de Diego, que cultivaba manzanas y para el cual nos quedamos trabajando en la cosecha.

El viaje fue maravilloso. De El Bolsón salimos hacia el este y luego hacia el noreste, bordeando el río Limay, buscando evitar Bariloche y la ruta principal. Siempre por caminos de tierra, íbamos en jornadas de unos 40 kilómetros por día, parando en casas, puestos, estancias y a veces al aire libre. Estábamos a fines de la primavera de 1971, el clima era hermoso, nosotros muy jóvenes y ¡viajábamos a caballo!

De la cosecha de la manzana, después pasamos a la cosecha de la uva, en distintas fincas. Estuvimos por ahí al menos hasta principios de abril.

De ahí, con la plata de la cosecha, me fui a Buenos Aires en ómnibus. Desde allí volví a salir para un lugar que se llama Monte Comán donde una amiga, Bárbara, tenía unas tierras, donde pensábamos que se podía armar una nueva comunidad. No resultó interesante, de ahí me fui para el lado de El Bolsón, de nuevo. Pero antes de llegar me encontré con la rarísima historia de que los miembros de la comunidad se habían ido -junto con una pareja de norteamericanos, en una carpa de circo-, para el lado de Villa La Angostura. Allí fui, llegué de noche, ya era fines del otoño y hacía mucho frío. Fui a pedirle alojamiento al cura, que me indicó que las monjas de un convento cercano me podían alojar. Allí fui entonces, conseguí albergue y comida; yo cortaba leña para las hermanitas y unos días después me volví a Buenos Aires.

Sentía que estaba volviendo a la civilización.

14. Hair en Argentina y los hippies en El Bolsón

Era el otoño de 1971, y la Argentina formal, la del núcleo cultural duro, seguía regida por los militares, aunque luego del rápido reemplazo de Onganía por Livingston, ahora estaba de dictador el General Lanusse, que compartía la escena con una creciente revuelta estudiantil y obrera, signada por la izquierdización y la peronización. Entonces, la contracultura hippie parecía en camino a la cooptación. El afiche está tomado de un artículo reciente. El empresario Alejandro Romay (dueño de Canal 9 y del Teatro Argentino, en Bartolomé Mitre al 1400, donde se representó la obra) y Daniel Tinayre se lanzaron a producir la Opera Rock Hair. Hair se había estrenado en un pequeño local en Manhattan, en 1967, en pleno auge del hippismo, había pasado al off-Broadway y en 1968 ya estaba en un teatro en Broadway, donde se mantuvo varios años. La contracultura de fines de los 60 y el hippismo en particular aparecen en la tensión entre la autenticidad cultural y la cooptación, un camino que tuvo como momentos culminantes el estreno de Hair en Boradway y el Festival de Woodstock en 1969.

Romay y Tinaire llamaronn a algunos artistas que habían participado en el Di Tella (Roberto Villanueva y Marilú Marini, entre otros), para adaptar y musicalizar la obra, y contratan para representarla en Buenos Aires a un grupo de jóvenes, entre los cuales yo recuerdo a algunos de los primeros hippies de Buenos Aires, como Sergio Makaroff y Horacio Fontova. Estaba también Cris, la novia de Luis Alberto Spinetta y Teresa Bogdan, que había sido mi pareja un par de años atrás. Varios de ellos habían armado un bunker en un hotel de Bartolomé Mitre y Uruguay, donde algunos vivían, y donde nos juntábamos con diversos amigos, como los hermanos Lafleur, entre otros.

Los hermanos Rafael Lafleur y Alejandro Lafleur eran dos personajes muy interesantes, creativos y simpáticos, a los que conocí allí. Rafael tuvo la idea de ir a hacer una comunidad en El Bolsón. Él había estado antes allí, donde conoció a un personaje llamado Chatruc, que tenía una casa bastante amplia, con un gran ambiente sin divisiones, a orillas del río Quemquemtreu, que ofreció para la experiencia comunitaria. Rafael describía el lugar con mucha precisión y lo fue construyendo en su relato como un destino mítico. Varios de los integrantes de la troupe de Hair se engancharon con la idea. Se sumó más gente, se compró una cierta cantidad de bolsas (de veinte kilos, creo) de arroz integral , otros ingredientes macrobióticos básicos (la dieta hippie por antonomasia) y artefactos de cocina. Un día, se compraron los pasajes y el grupo se fue para El Bolsón.

Se aplicaba la letra de un blues de Javier Martínez -que en su momento se había referido a una quinta en Monte Grande, en el sur del Gran Buenos Aires, pero que ahora se resignificaba para el sur del país-:

Una casa con diez pinos,
en el sur hay un lugar,
ahora mismo voy allá,
porque ya no puedo más,
vivir en la ciudad [...]

13. El final de Mandioca y un viaje por Brasil

Durante los primeros meses de 1970, las relaciones entre Mandioca y Manal se fueron deteriorando. Hasta que, durante el otoño, Manal decidió irse a grabar en otra empresa, tener otros representantes y, obviamente, otra agencia para los shows. No recuerdo bien que pasó con el vínculo con Vox Dei.

El hecho es que, rápidamente, me quedé sin trabajo.

Fue así como, juntando los ahorros que tenía, en enero de 1971 me tomé un avión y me fui para Sao Paulo, Brasil. Allí me encontré con Pedro Pujó y Julio Salvidea, y empezaron unos meses de divertido divague.

Primero nos fuimos a Río de Janeiro, donde paramos un tiempo en lo de Marcela Pascual. Después, mientras Pedro se iba para Bahia, a encontrarse con su hermano Hernán, yo pasé una temporada en Río, donde me encontré con mi amiga Graciela Dellepiane, que a su vez se había hecho de una turma de amigos brasileros, con los cuales circulamos por varias casas en Río y alrededores.

Al poco tiempo, seguí viaje para el norte, y pasé un tiempo en Buzios. Este entonces era recién un incipiente rosario de balnearios -conocidos porque allí se había hecho una casa Brigitte Bardot-, que se armaban a partir de Cabo Frío. Acampé con alguna gente que conocí ahí mismo y luego partí para Bahía. En Salvador, me encontré -creo que en Amarelina- con Hernán y Pedro Pujo, con los cuales compartí otro rato de divague. Carnavaleamos juntos el en ese entonces fantástico Carnaval de Bahia. Finalmente, después de tres o cuatro meses de viajar por Brasil, emprendí el viaje de regreso a Buenos Aires, a donde llegué de nuevo en el otoño de 1971.

Durante los meses siguientes, estuve instalado un tiempo en la casa de mi vieja, Dorita, hasta que me enganché con la historia de ir a El Bolsón a formar una comunidad. Eso se inició con la troupe que estaba representando la Ópera-Rock "Hair" en el Teatro Argentino, en la calle Bartolomé Mitre (el que más adelante fuera incendiado por un ataque de ultraderecha, mientras se representaba allí "Jesucristo Superstar").

¿Qué quiere decir "autobiografía autorizada"?

Lo de "autorizada" quiere decir que el Mario Rabey biografiado autoriza al Mario Rabey autor a publicar todo lo que éste dice. De ninguna manera el biografiado se hace responsable por lo que dice el autor. En cuanto a lo que se dice de otras personas, no podemos dar (ni el biografiado ni el autor) ninguna seguridad de estar diciendo la "verdad". Es la escritura de recuerdos personales. De todos modos, cualquiera que quiera dejar de ser mencionado, que cambiemos lo que se dice, que agreguemos otras cosas, en fin, que modifiquemos los "hechos" aquí presentados, puede dejarnos un comentario al respecto.

Mario Rabey y Mario Rabey


Datos personales

Mi foto
El menor de los cuatro hijos de Benito Rabey y Dora Loyber, nací el 2 de abril de 1949. Trabajé desde los 16 años: asistente en un estudio jurídico (1966-1967), gerente de un grupo de industrias culturales –Manal, Mandioca, Mano Editora, Mambo Show- (1968-1970); artesano (1971-1972). Estudié Antropología en la Universidad de Buenos Aires (1972-1976); he sido docente e investigador universitario -desde ayudante de segunda hasta profesor titular, en diversas Universidades de Argentina y del extranjero, profesor de cursos de postgrado sobre ecología humana, evolución, multiculturalismo y estudios latinoamericanos, investigador científico , consultor en proyectos de organizaciones internacionales, nacionales, empresariales y sin fines de lucro. Formación Postdoctoral: Universidad de Texas en Austin - Comisión Fulbright (1990). Padre de cinco hijos: Pablo (34), Eva (32), Adriana (28), Lucía (26) y Nahuel (12).