(contra)memorias, por mario rabey
más de cuarenta años de construcción cultural de la Civilización, contra una Civilización que destruye y se destruye
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24. Un tiempo rur-urbano: viviendo en Pablo Nogués
Mientras escribía colaboraciones para Pan Caliente, ya a fines de 1981, fui conociendo a un conjunto de personajes muy interesantes que estaban vinculados con la revista. Allí se dio, casi espontáneamente, que me pidieron que les organizara cursos sobre temas de Ecología. Retomé un curso de posgrado de Ecología Humana que había armado unos años antes en la Universidad del Salvador y rápidamente se armaron varios grupos. Lo que ganaba con estos cursos me permitió reemplazar parcialmente la merma de ingresos que me representó el cambio de autoridades en la Universidad del Salvador en 1980, a consecuencia del cual perdí los contratos de docencia e investigación que había tenido allí durante dos años. Como un poco antes había conseguido un reparto de champiñones, para lo cual me compré una furgoneta Citroen 3CV usada, el cuadro económico y de comodidades se me había completado satisfactoriamente.
Para esa época, yo ya estaba viviendo en la primera casa que conseguí comprar. Eso fue a principios de 1979. Como mi amigo Daniel González se había querido a vivir solo al centro de la ciudad, me pidió que le dejara la casa de Tapiales, para alquilarla y con esos ingresos, a su vez pagar el alquiler de un departamento. Entonces, con María y mi hijo Pablo, que ya tenía un año de edad, nos fuimos a vivir en la casa de mis entonces suegros, unos humildes trabajadores que vivían en un barrio obrero cercano a la localidad de Polvorines. Fue muy buena esa mudanza, porque como estábamos un poco apretados, yo decidí endeudarme hasta las orejas (me prestaron plata Rosalía González -la madre de Daniel- y Yiyo Starc, y además tomé préstamos del banco Provincia y de la Caja de Ahorro) y comprar una casa muy sencilla, muy poco equipada, pero con tres unidades de vivienda una al lado de la otra. Quedaba en Polvorines, ya muy cerca de la estación Pablo Nogués.
Una de las viviendas la alquilamos, para ayudarnos a salir de deudas. En otra se instaló mi viejo, Benito, quien finalmente había tenido que abandonar el departamento de Callao y Lavalle, al terminar la Ley de Alquileres. Y en la tercera me instalé con María, Pablo y Eva, que acababa de nacer en marzo de 1979. Además, la casa tenía un gran lote (25 metros de frente por cuarenta de fondo) y estaba rodeada por un montón de lotes vacíos. El lugar se prestaba para una buena vida, rur-urbana.
Yo salía varias mañanas por semana a repartir champiñones. De allí me iba a veces a dar clases particulares. Y después, también a veces, a la redacción de Pan Caliente. El resto del tiempo, lo pasaba en casa, donde leía y escribía mucho. Venía seguido Rodolfo Merlino, con el cual estuvimos escribiendo varios ensayos, y a veces iba yo a trabajar y pasarla realmente bien en su casa en Bella Vista. Mi viejo estaba casi todo el tiempo en la casa, con los dos chiquitos, ayudado por una señora que venía a colaborar en las tares domésticas, mientras María se iba a trabajar como enfermera a una fábrica cercana. El viejo se organizó una buena quinta, la pasaba fenómeno con Pablo y Eva y se hacía unos asados fantásticos.
Los fines de semana, venían amigos, de los que se iban nucleando en las reuniones y grupos de Pan Caliente. Con ellos, armamos GIDEA (el Grupo Interdisciplinario para el Desarrollo de Eco-Alternativas), del cual voy a hablar un poco más en el capítulo siguiente.
23. Un maestro: Don Valentín
Pero el agradecimiento más grande, por su contribución a mi desarrollo como ser humano, aunque también particularmente en lo que concierne al desarrollo de mi carrera de antropólogo, es hacia Valentín Puca, quien me convirtió al biculturalismo. En una memorable mañana de agosto -el mes de la Pachamama- de 1977, me introdujo de una manera cariñosamente brusca en la cultura Coya. Yo había hecho un viaje, dirigido por Rodolfo Merlino, y junto con otro estudiante de antropología y hoy colega, José María Gerling. El viaje nos transportó, muy rápidamente, desde las llanuras del territorio normal de la Argentina hasta el escalón más alto de las altiplanicies de la provincia de Jujuy.
En dos días, habíamos llegado a Mina Pirquitas, un poblado minero a más de cuatro mil metros de altitud. Allí, durante la noche, en pleno invierno, penetramos en el primer nivel de galerías para participar en un ritual al Tío, poderoso dueño de las profundidades y miembro, junto con la Pacha o Pachamama y Coquena, de la triada de seres potentes de la cosmovisión Coya.
Frí extremo, alcohol, trance y terror, con el culminante sacrificio de un toro, contra el cual se libró un combate ritual colectivo en las profundidades, fueron el preámbulo de mi caída, ya al día siguiente, en el apunamiento. Esta es una enfermedad propia de las grandes alturas de la región, caracterizada por un profundo y generalizado malestar orgánico, con escasos síntomas diferenciables, entre los cuales un fortísimo dolor de cabeza y malestar de estómago. Además, es un estado sumamente temido, especialmente por los visitantes de otras regiones, pero también por los propios habitantes.
Cuando, al final de la senda transitable por vehículos automotores, descendimos del auto, comenzaron los que para mí fueron los cuatro kilómetros de caminata más penosos de mi vida, a lo largo de una pequeña quebrada donde se encontraba la casa principal de la familia (Merlino y Rabey 1979). Durante el recorrido, Don Valentín estuvo muy preocupado por mi estado.
Me hizo olfar varias veces jugo de inflorescencia fresca de pupusa (Werneria poposa), una de las plantas características de la farmacopea nativa de puna alta (Rabey y Merlino 1985), sin conseguir más que un momentáneo y demasiado suave alivio del mal. Al llegar a su casa, luego de indicarnos la habitación donde nos alojaríamos esos días, me llevó a un costado de la casa, iluminado por el sol, donde me dijo: "a usted lo agarró la Pacha". Recuerdo vívidamente que, en ese momento, mi angustia se acentuó.
Don Valentín, sin embargo, tenía una respuesta explicativa y práctica. "Usted no ha respetado a la Pachamama, no ha creído en ella”. Ante mi actitud perpleja, agregó: “cuando alguien falta el respeto a la Pacha, lo pilla [lo agarra]". Inmediatamente, hizo un pequeño hoyo en la tierra arenosa, sacó una bolsita con hojas de coca y me dijo: "vamos a pedirle a la Mamita que lo suelte". Invitándome a repetir sus gestos y sus palabras, me enseño los gestos básicos del ritual -y también comenzó mi iniciación en la cultura Coya, a través del culto a la Pachamama-:
"Pachamama, Santa Tierra, cusiya, cusiya,
protégeme, Pachamama,
no me pilles ..."
A los pocos minutos, me sentía perfectamente bien y estaba corriendo por los cerros, como si nada hubiera sucedido. En esos días, subimos hasta los 4.700 m de altura, donde se encuentra el puesto de pastoreo de estación seca de la familia (Rabey 1989b). Durante todo el viaje, no apareció ninguna señal de apunamiento, ni del asma que me azotaba desde los quince años.
Un mes después, de regreso a Buenos Aires, la extraña sensación de la conversión a un culto indígena y de la curación por medios no occidentales que había tenido casi simultáneamente habían casi desaparecido. Sin embargo, mi historia posterior me mostró que había adquirido la capacidad de elegir -o aceptar la elección- de la vía cultural adecuada -la coya o la "occidental"- en cada bifurcación de mi camino profesional y personal.
Ninguna otra experiencia -y mucho menos ningún conjunto de informaciones- me hubiera provisto de un marco referencial más adecuado para comprender la densa trama emocional en la cual se inscribe, en términos concretos, el culto de la Pachamama. La terrible sensación de contacto con la muerte y la transición casi instantánea entre el malestar más completo y el bienestar pleno me permitieron entender qué es lo que los coyas piden a la Pachamama, contra qué le piden que los proteja y en qué consisten las angustias y temores que constituyen el núcleo emocional de sus creencias y rituales.
Ninguna aproximación clásica y objetivista -fuera ésta de raíz durkheimiana, marxista o alguna combinación post/moderna de ambas- me hubiera permitido el nivel de comprensión que desencadenó en mí esta brusca incorporación al mundo de la experiencia subjetiva Coya y, especialmente, de la eficacia simbólica de sus procedimientos.
Es curioso que, aun cuando esta experiencia hubiese quedado profundamente anclada en mi memoria, recién quince años después comencé a reflexionar sobre la influencia que ejerció en mis primeros años de producción antropológica -entre 1979 y 1986-, en gran parte junto con Rodolfo Merlino.
Una obvia referencia a mi idea actual acerca de este proceso de comprensión es el que presenta Rosaldo (1988) en el primer capítulo de “Cultura y Verdad”, cuando relata cómo la muerte por accidente de su entonces mujer, mientras ambos caminaban por una senda montañosa en las Filipinas, le hizo entender el proceso de dolor que, según los Ilongot, los lleva a salir en expediciones de caza de cabezas. Mi caso parece un poco más agudo, por cuanto el tema que producía la emoción estaba directamente significado en términos de la cultura local. De todos modos, del mismo modo en que Rosaldo hubiera podido semantizar la muerte de su esposa en términos de una racionalización más occidental, yo hubiera podido racionalizar mi fuerte malestar en términos de explicaciones biológicas que conocía -el “mal de altura”-. Pero ello no me hubiera sido muy útil, porque no tenía medicina occidental a mano.
Bibliografía citada
Merlino, R. y M. A. Rabey, 1979 . El ciclo agrario-ritual en la puna argentina. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología, 12: 47-70.
Merlino, R. J. y M. A. Rabey, 1985. Ecología cultural de la puna argentina: la estructura de los ecosistemas. Actas del IV Congreso Internacional de Camélidos Sudamericanos: 219-268.
Rabey, M. 1989. Are llama-herders in the south Central Andes true pastoralists? En J. Clutton-Brock (ed.), The walking larder: patterns of predation, pastoralism and domestication: 269-276. London: Unwin Hyman.
Rosaldo, R. 1988. Culture and truth: the remaking of social analysis. Boston: Beacon Press.
22. Antropología de la puna con Rodolfo Merlino
Los primeros trabajos de campo fueron con Rodolfo Merlino. Y junto con él escribimos casi diez artículos que publicamos en diversas revistas científicas y libros. Estos trabajos, junto con varios artículos que escribió Rodolfo junto con Mario Sánchez Proaño, y otros que escribí yo, establecieron el conocimiento moderno acerca de las culturas andinas del noroeste argentino.
Con Rodolfo y Mario hicimos dos trabajos de campo memorables.
El primero de esos trabajos, donde también participó José María Gerling, fue en 1977 (entonces estaba en la Universidad del Salvador, cuya Secretaría de Investigación y Posgrado me otorgó para ello mi primer subsidio de investigación). Estuvimos dos meses en la Puna de Jujuy. Allí trabajamos en varios lugares, aunque el sitio clave fue la "Quebrada de Don Valentín", un nombre que le dimos nosotros a la zona habitada por don Valentín Puca y su familia.
En ese lugar, tuve una experiencia iniciática, que relato en el capítulo siguiente.
21. Casado y refugiado en la Universidad del Salvador
Pocos días después, se consumaba. Y así terminó el que sería por años mi único trabajo rentado para el Estado. Volví a la actividad privada.
A mediados del año anterior, una querida compañera, Ana Fernández (cuyos tíos eran concesionarios del restaurant del Buenos Aires Lawn Tennis Club de Belgrano, donde yo solía ir a paliar mi hambre de estudiante sin dinero) me empezó a pasar alumnos particulares. Ella era maestra en una escuela privada muy cara de San Isidro y me puso en contacto con padres que la adoraban de hijos que la adoraban también. Esos padres no solamente tuvieron la gentileza de contratarme (con muy buena remuneración) para darles clases particulares a sus hijos, sino que me recoemendaban a otros. Esos padres fueron, básicamente, Jorge y Nora Aslan (padres de mi hoy querido amigo y gran músico Pablo Aslan) y Yiyo y Rosana Starc (padres de los fantásticos hermanos Daniel y Andrés Starc).
Así, luego del golpe, retomé rápidamente los contactos en San Isidro y comencé una actividad de docente particular, preparando alumnos de escuela primaria, secundaria e incluso materias de la Universidad, hasta al menos 1981. Esto me daba bastante plata y, además, las clases eran a domicilio, lo cual implicaba compartir buenos almuerzos, meriendas y cenas con la familia. Además, algunas casas tenían pileta! Mi calidad de vida iba en ascenso.
Mientras tanto, iba recibiendo noticias espantosas. Un día me encontré en Callao y Corrientes con Ana Rubén, una estudiante de antropología que era amiga y compañera de Ada Solari, que había tenido un breve romance conmigo. Ambas eran militantes de la Juventud Universitaria Peronista, y se habían mantenido allí luego del pase a clandestinidad de Montoneros. Ana me contó que el abuelo de Ada la había sacado del país y que ella estaba viendo qué hacía, porque estaban todos muy arrinconados. Esa y otras situaciones me hicieron decidir salirme rapidamente de los lugares donde había estado circulando hasta el golpe.
Por empezar, cambiar de vivienda -y de barrio- Yo había estado viviendo en 1975 en Callao y Lavalle, en un departamento que mi viejo alquilaba desde hacía unos 30 años, y que se mantenía con un monto de alquiler muy bajo, gracias a la "Ley de Alquileres" que tenía vigencia desde hacía décadas. Rosalía González, la madre de Daniel González (entonces joven estudiante de antropología con el cual nos habíamos hecho muy amigos), me prestó entonces una casa en el barrio de Tapiales, afuera de la Ciudad de Buenos Aires. Ella había vivido allí por años, antes de mudarse a una casa más pequeña, con su marido. Allí, los vecinos me conocían como "el ahijado de Rosalía", y yo me sentía completamente contenido. Conmigo vivían en la casa María Flores -mi entonces pareja- y Daniel. Rápidamente, el cuadro se completó con un casamiento que dio un marco completamente apropiado y cuadradito a la situación. En esa casa vivían "el ahijado de Rosalía y su esposa".
Durante 1976 terminé las monografías que me faltaban para completar la carrera de Antropología. En 1977, mi amigo Eugenio Carutti me consiguió trabajo en la Universidad de Salvador, donde se había refugiado un numerosos contingente de ex Guardia de Hierro y ex Juventud Peronista Lealtad. Por un acuerdo entre GH -que ya había sido "disuelta" por Alejandro Álvarez, su líder histórico, pero que que seguía existiendo de hecho (¿hasta hoy?)- y Bergoglio -entonces Provincial de la Compañía de Jesús (los "Jesuítas") en la Argentina-, un equipo de Guardia se había hecho cargo de la Universidad, encabezado por Cacho Piñón (como Rector), secundado por Jorge Armas (Secretario General) y acompañado por un nutrido grupo de graduados universitarios de Guardia, JPLealtad y peronistas de otras sectas, que no teníamos la más mínima posibilidad de permanecer en la Universidad.
Yo tuve trabajo como Auxiliar docente en la Cátedra que dictaba Eugenio (Epistemología de las Ciencias Sociales), donde luego fui designado Profesor Adjunto e introduje la enseñanza de la obra de Thomas Kuhn (y su Epistemología de Paradigmas y Revoluciones Científicas). También fui Profesor Adjunto en la materia "Sistemas Políticos y Sociales Contemporáneos), que dictaba Jorge Armas en la Facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social. Además, me dieron un contrato como investigador, para completar mis ingresos, que yo usaba para dedicarle tiempo a mis incipientes actividades como antropólogo social de la puna (ver capítulo siguiente), así como a organizar un equipo de reflexión sobre la ciencia, en el cual participaban Eugenio Carutti, Graciela Lemoine (geógrafa), Amelia Podetti (filósofa) ý varios científicos peronistas de la Faculta de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, entre los cuales recuerdo especialmente a los biólogos Jorge Affani y Juan Carlos Giacchi. Durante mi desempeño como investigador, también organicé un microprograma que denominé IRNAS (Investigación de las Relaciones entre Naturaleza y Sociedad), en cuyo marco funcionó -entre otras actividades- un Proyecto sobre Ecología de la Laguna de Lobos, que llevaron adelante tres alumnos avanzados de la Licenciatura en Biología de la UBA: Rodolfo Tecchi, Javier García Fernández y Jorge Etcharrán. Con los dos primeros seguí vinculado durante varios años más.
20. Mis primeros pasos en la ciencia: antropología biológica experimental
Durante el primer semestre de 1975, como tenía que aprobar alguna materia optativa, elegí Geología. Resultaban tan poco atractivas las materias propias de ciencias sociales, que elegí ésta -aunque los que la cursaban eran los estudiantes que se interesaban por la arqueología y yo para entonces, por influencia de Rodolfo Merlino, ya estaba decidiendo optar por la Antropología Social-. Además, me pareció que dedicarme un poco a los minerales iba a completar un poco más mi formación sobre el mundo de los objetos; y que los procesos y estructuras geológicas eran un tema clave para entender al estructuralismo de Claude Lévi Strauss. Por otro lado, la profesora -Paulina Quarleri- aceptaba recibir en sus clases alumnos libres y nos permitía rendir parciales -y de paso aprender para el final-, cosa que no sucedía en todas las materias. Y como uno no se podía inscribir en más de tres materias como alumno regular, con este medio conseguía ir haciendo algunas materias más, para acercarme al objetivo de recibirme lo antes posible y escaparme de la Universidad, que ya parecía un medio cada vez más insalubre.
La materia me resulto muy formativa, como yo esperaba. Pero, además, allí conocí a un personaje extraordinario, que se llamaba Jorge Merenzon. Jorge era un tipo mayor que la mayoría de nosotros -calculo que tendría unos cuarenta y cinco a cincuenta años. El tipo se había chamuyado a la profe y consiguió que ella le asignara la actividad de llevar las muestras de minerales de no sé que depósito en la Facultad a la clase. Eso nos permitía a Jorge y a mí -y a algún otro u otra que no recuerdo exactamente-, quedarnos un tiempo con los trozos de mineral, familiarizarnos con ellos y saber de qué era cada uno. Como parte del conocimiento que evaluaba Paulina era el reconocimiento de los minerales, esto nos ayudó muchísimo.
En medio de la amistad y la complicidad con Jorge Merenzon, me enteré que él era un pequeño empresario metalúrgico, que había organizado una Fundación (la Fundación Antropológica Argentina) y la había instalado en su taller metalúrgico de la calle Zañartú, en Flores Sur.
La Fundación Antropológica Argentina
En la Fundación, había instalado ya un grupo de investigación en arqueología, liderado por Luis Orquera y donde participaban también -entre otros- Alicia Tapia y Ernesto Piana. Estaba también un equipo de etnohistoria, liderado por Ciro René Lafón. Y un laboratorio de palinología, aplicada a la arqueología, a cargo de Carlos Azcuy.
Cada uno de los grupos tenía financiamiento para hacer investigación. El laboratorio de palinología, un equipamiento de avanzada. El grupo de arqueología, dinero para hacer campañas de investigación a Tierra del Fuego (no debía ser nada barato, considerando el precio de los pasajes en avión y de las largas estadías de un grupo de personas). La gente que trabajaba en investigación -y eran unos cuantos- recibía una remuneración mensual bajo la forma de beca.
A todo ello, se sumó un laboratorio de Antropología Biológica Experimental, al cual fuimos convocados Alejandro Núñez Prins (con el cual yo había trabajado como ayudante en su cátedra de Antropología Biológica el año anterior), otro alumno de Alejandro -Renato Scaglione- y yo. El grupo era supervisado por otro profesor que yo conocí allí. Era de La Plata, se llamaba Héctor Pucciarelli, y venía con dos alumnas. Héctor usaba el método y las técnicas de antropología biológica experimental -que contrastaba hipótesis de interés bioantropológico mediante diseños experimentales que usaban como sujeto a ratas Wistar- que había tomadodel bioantropólogo norteamericano Alphonse Riesenfeld y la aplicó en la Fundación gracias a la generosidad y capacidad organizativa de Jorge Merenzon. Y también a su interés por el aprendizaje de la ciencia. Yo le pregunté un día a Jorge por qué empleaba tanto tiempo, esfuerzo y dinero en la Fundación. Me contestó que para él era un privilegio poder aprender de equipos tan formidables y activos.
Maravilloso.Y yo tuve la oportunidad de aprender, en vivo y en directo, el método experimental en la ciencia. Además, cobrando una beca por ello. Realicé un estudio experimental acerca del efecto del hacinamiento sobre el crecimiento, producto del cual fue una presentación en un Congreso científico: el de Arqueología en San Rafael, en 1976, donde organizamos una mesa redonda con los resultados del trabajo de nuestro equipo, que fueron publicados en las Actas del Congreso. Esta fue mi primera presentación en casi ochenta eventos a lo largo de mi carrera científica posterior y la primera de mis más de sesenta publicaciones científicas. El artículo fue realizado con el apoyo de la abundante bibliografía que yo obtenía entonces gracias a mi posición en la Universidad del Salvador (ver capítulo siguiente). Renato realizó un estudio experimental sobre el efecto de las radiaciones ultravioletas en el crecimiento. Y las dos chicas, sobre el efecto de las deformaciones craneanas intencionales, un tema de estrecha relación con la arqueología americana. Héctor Pucciarelli siguió aplicando el metodo y la técnica - y continúa haciéndolo y formando discípulos sobre el tema hasta nuestros días, como lo ponen en evidencia las tesis doctorales por él dirigidas y aprobadas en 1997 y en 2004.
La arqueología de los canales fueguinos, tal como hoy existe, no podría existir sin la Fundación Antropológica Argentina, que organizó expediciones y trabajo de campo en los sitios de Lancha Packewaia y Túnel. No he encontrado ninguna otra mención en Internet sobre la Fundación Antropológica Argentina, -salvo la de mi propio Curriculum Vitae-.
19. En el camino a la antropología social y cultural con Rodolfo Merlino
Entre las materias que cursé, estaba el Seminario de Folklore, a cargo de Rodolfo Merlino. Rodolfo era un abogado conservador, muy estudioso, uno de los pocos profesores que tenían una mirada seria de la práctica antropológica, especialmente en lo que hace a su valorización del trabajo de campo. Nos hizo participar de una bella experiencia educativa, donde ilustraba con muy buenas diapositivas su presentación de la cultura de la Puna argentina.
A partir de ese Seminario, Rodolfo y yo iniciamos una experiencia de colaboración y trabajo conjunto, mutuamente enriquecedora, que nos hizo compartir interminables -e inolvidables- horas de charlas alrededor del mate y la ginebra, en su amplia, rústica y confortable casa de Bella Vista, sentados delante del hogar o caminando por el amplio parque. Un par de años después, hicimos nuestro primer trabajo de campo juntos, de unos dos meses de duración, que replicamos cada año hasta 1981. Pero de estos viajes y sus resultados voy a hablar con más detalle dentro de tres o cuatro capítulos.
Mientras tanto, déjenme recordar ese año aburrido, trivial, con una Facultad que se había vuelto gris y donde habían retornado unos profesores que, además de fachos -como en general lo eran- resultaban profundamente anticuados, desactualizados y desangelados. Aparte de Merlino -que brillaba solitario-, de ninguna de las materias y seminarios que tuve que cursar y aprobar para terminar la Carrera guardo el más mínimo recuerdo interesante.
En cuanto a mis amigos, por entonces sufrí una terrible pérdida. "El flaco" Mario Ramos, el uruguayo que me había ayudado durante casi un año brindándome alojamiento y comida, que él y un compatriota pagaban con su trabajo, un día estaba tomando un café con una chica en la mesa de un bar, junto a una ventana. Se paró para ir al baño, o algo así. En ese momento, una tremenda explosión reventó en algún lugar del bar. La onda expansivo lo levanto al flaco, con tanta mala suerte que se lo llevo por la ventana y lo chocó de cabeza contra un poste de cemento de alumbrado público. Murió enseguida.
La bomba -dijeron después los policías que nos vinieron a joder durante el velorio del Flaco- la habría estado preparando en el bar una integrante de una organización armada -quien también murió ahí mismo-, y habría estado destinado al dirigente radical Ricardo Balbín.
Para entonces, yo ya estaba haciendo investigación en la Fundación Antropológica Argentina.
18. Estudiando antropología en medio de la tercera guerra mundial en Argentina
Otra diferencia era que los imperios coloniales prácticamente habían desaparecido, y quedaban de ellos solamente algunos pocos fragmentos. La escena internacional estaba completamente dominada por los Estados Unidos y por la Unión Soviética, que disputaban el dominio mundial, sumidas en la llamada "Guerra Fría". Y la disputa no llegó a generar nunca una conflagración abierta entre las dos superpotencias (con sus respectivos aliados). Si hubiera sucedido, seguramente no estaría escribiendo esto -al menos por medio de Internet-. Hubiera sido la guerra atómica. Raro estar diciendo "guerra atómica" en 2007: pero en los '70 y los '80, era una posibilidad cierta. En Europa había una paranoia bastante generalizada al respecto. En toda Europa y USA había abundantes refugios y dispositivos de escape antiatómicos.
Pero en los países de América del sur y central, en África y Asia, casi nadie estaba temiendo a la Tercera Gerra Mundial. Sencillamente la estábamos padeciendo. Las superpotencias la libraban a través nuestro. Y entonces, nuestras fuerzas armadas (acompañadas por sus aliados civiles)estaban muy activas cazando comunistas y otros subversivos: lo que ellos llamaban "comunistas" y "subversivos".
Bueno, en medio de esa barahúnda yo estudiaba antropología. Con los muchachos del FEN de antropología y otros que estaban en la JUP (la agrupación estudiantil universitaria que respondía a la JP de la Tendencia Revolucionaria / Montoneros), entre los cuales recuerdo especialmente a Mariano Garreta, Ricardo Santillán Güemes ("Pilón") y su mujer ("Pilona"), y el memorable "Loco" Arturo Sala, fundamos el Centro de Movilización Cultural "Tupac Amaru". Estos últimos, al año siguiente, ya siendo Presidente Juan Perón, y luego de que éste reconviniera públicamente en Plaza de Mayo a la Tendencia / Montoneros ("esos estúpidos que gritan") -y ellos se retiraran entonces de la Plaza-, formaron parte del desmembramiento de la Tendencia que dio lugar a la "Juventud Peronista Lealtad"
En ese año, Alejandro Núñez Prins, el Profesor a cargo de la materia Antropología Física -que correctamente él llamaba "Antropología Biológica", me hizo designar ayudante ad honorem. Ya tenía dos ayudantes rentados, uno de los cuales, entonces militante del FEN, tuvo el gesto solidario de compartir su renta conmigo: se llamaba Andrés Rodríguez Larrea, y hace un par de décadas o más que usa solamente su primer apellido, es el actual Secretario General de UPCN.
Poco tiempo después, el 1º de julio de 1974, muere Perón, asume Isabel, que designa Ministro de Educación a Ivanissevich y Rector de la Universidad de Buenos Aires a Ottalagano. Este, a su vez, pone de Decano de Filosofía y Letras a un personaje increíble, el "presbítero" Raúl Sánchez Abelenda, al cual encontré y conocí en esos días en un ascensor del viejo edificio de la calle 25 de mayo al docientos, donde funcionaban los institutos de investigación de la Facultad de Filosofía y Letras. Él estaba vestido con una sotana que, en el recuerdo, me parece que estaba vieja y lustrosa. Llevaba un incensario encendido en la mano. Yo lo saludé y le pregunté "¿qué está haciendo, padre". Él me contestó: "exorcizando de comunistas".
La Universidad fue cerrada por un semestre. Los profesores que habían perdido sus posiciones en los comienzos del segundo peronismo fueron reinstalados. Entre ellos, Josefina Patti de Martínez Soler, la vieja profesora de "Antropología Física", que desplazó a Alejandro Núñez Prins y su moderna "Antropología Biológica". Por supuesto, yo dejé de ser Ayudante de Cátedra. Durante el cuatrimestre en que estuvo cerrada la Facultad, preparé cinco materias, cuyos exámenes rendí como alumno libre entre diciembre y marzo.
17. La vuelta de Perón y el segundo peronismo
Como suele suceder en estos casos, la casualidad, mezclada con la velocidad del meloneo por parte de los activistas, me puso en contacto rápidamente con un grupo que se llamaba FEN (Frente Estudiantil Nacional) que se había fusionado hacía poco tiempo con OUP (Organización Universitaria Peronista), y se llamaban entonces FEN-OUP. Sólo un tiempo más tarde entendí que se trataba del frente universitario de una Organización cuyo nombre oficial era "Trasvasamiento Generacional" y tenía como nombre de fantasía "Guardia de Hierro". Hoy me llama la atención la evidente carga de sobreactuación que tenían ambos nombres -y el notable hecho de tener un nombre de fantasía-. En esa época no sabía algo que empezó a circular décadas después (y cobró cierta resonancia pública hace muy pocos años) : que "Guardia de Hierro" era un nombre tomado de una organización filo-nazi de la Rumania de la pre Segunda Guerra Mundial. En 1972-1973, la explicación que circulaba era que el nombre estaba tomado de la Guardia de los emperadores romanos. ¡En nuestra fantasía, nosotros éramos los guardianes de Perón! En cuanto a lo de "Trasvasamiento", ésta era una consigna del propio Perón.
Unos diez años después, cuando estábamos volviendo a la democracia después de la última dictadura militar, me enteré que mucha gente consideraba -y sigue considerando-, a Guardia de Hierro como una agrupación de derecha, y hasta fascista. En aquellos tiempos, a mí no me daba esa imagen en absoluto. Tampoco en retrospectiva me da esa imagen. De hecho, los que estábamos en el FEN de Filosofía y Letras, suscribíamos una fuerte admiración a Mao Tse Tung, al cual equiparábamos a Perón, al punto tal que solíamos colgar grandes carteles donde transcribíamos extensos párrafos de ambos líderes. El FEN era particularmente fuerte en antropología, donde se concentraba la mayor cantidad de militantes: entre otros, Eugenio Carutti, Juan Tangari, Andrés Rodríguez Larrea y Adriana Sarramea. Eugenio nos llamaba a Adriana y a mí "Gog y Magog", en referencia a los personajes de la novela de Marechal, "El banquete de Severo Arcángelo". Un militante importante de los primeros tiempos de Guardia, Ricardo Álvarez, no circulaba ya en ese entonces entre la militancia de la Facultad.
En noviembre de ese año, vino Perón a la Argentina, y lo fue a recibir una multitud en medio de la lluvia, especialmente Rucci con un paraguas. Yo no fui. No daba mi interés en el retorno como para ir a chapotear en el barro. De todos modos, llevado por una mezcla de curiosidad y fervor peronista juvenil, pasé toda una tarde esperando (y cantando la marcha y diversas consignas) en las cercanías de la casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente López, donde se albergaba Perón en esos días de noviembre de 1972. No me acuerdo si mi paciencia fue recompensada por una salida de Perón a la ventana. Pero en mi memoria, la figura de Perón aparece recortada en la ventana, que volví a ver por primera vez en casi treinta y cinco años hace unos meses.
Mientras tanto, necesitado de ganar un poco de plata, había acudido a mis contactos del período contra-cultural. Durante un tiempo estuve promocionando en programas de radio discos para el sello Music Hall, donde estaba trabajando entonces Jorge Álvarez. Pero le dediqué más tiempo y esfuerzo a la artesanía, porque me enganché con un ex Picapiedras (el histórico local de artesanías de la Galería del Este), de nombre Gaspar. Empecé a trabajar con él en su taller -donde estaba preparando stock para llevar a su local en Villa Gessell; luego me mudé a su casa. Y, al terminar el año lectivo en la Facultad, me fui a Gessell a trabajar en la temporada del verano 1972 - 1973 en el local de Gaspar, que quedaba en una galería en 3 y 107. Con la plata que gané ese verano, pude llevar adelante mis estudios durante el año siguiente.
16. De vuelta a la civilización: cómo empecé a estudiar antropología
Un día, charlando con mi amiga, me preguntó: ¿Y ahora, qué vas a hacer? Sin pensarlo, le contesté: "Voy a volver a la Universidad"
Me volvió a preguntar: "¿Qué vas a estudiar?". Y, pensándolo menos todavía, le contesté: "Antropología". Estoy casi completamente seguro de que, antes de esa conversación, desde mi retirada de la Universidad cinco años antes, no había vuelto a pensar en estudiar. Y más seguro todavía de que jamás en la vida antes había pensado en estudiar Antropología. Más aún, no tenía la menor idea de qué cosas se estudiaban en antropología.
Un par de días después, fui a la Facultad de Filosofía y Letras a inscribirme. Allí me dijeron que estábamos a mitad de año y que tenía que esperar hasta el año siguiente. Yo no podía esperar. De hecho, seguramente si no empezaba a estudiar inmediatamente, iba a cambiar de planes, como he hecho casi siempre que he encontrado dilaciones para empezar a ejecutar un proyecto. Insistí e insistí. Hasta que un funcionario, creo que el Secretario Académico de la Facultad, terminó accediendo, y yo empecé a estudiar pocos días después, en agosto del '72. A los tres años y medio, para fines de 1975, ya había terminado mis estudios y entregado mi último trabajo escrito, con el cual, una vez aprobado, estaba en condiciones de ir a pedir mi título universitario.
Así que, cuando ya estaba avanzado el invierno de 1972, me inscribí en la Carrera y en varias materias. Durante un tiempo, aprovechando unos pequeños ahorros, viví en una pensión a un par de cuadras de la Facultad -que entonces funcionaba en Independencia y Urquiza-, con lo cual no necesitaba gastar tiempo y dinero en viajes, tenía la biblioteca al lado y podría avanzar rápidamente en mis estudios. A fin de año, ya había aprobado cuatro exámenes, con buenas notas. Eso me permitió, al mismo tiempo, obtener una beca de estudios y ser designado más adelante ayudante alumno en un par de materias.
1972 era el año en que se iba preparando el retorno de Perón. El 22 de agosto fue la masacre de Trelew y los jóvenes universitarios, incluso los recientemente desembarcados de la contra-cultura como yo, estábamos terriblemente conmovidos por los acontecimientos. En retrospectiva, hoy me llama poderosamente la atención que no se me ocurría relacionar mi situación en ese momento, la de la Universidad y la del país, con mis militancias políticas pre-hippies, cuando estaba en el Colegio Nacional Buenos Aires.
En cambio, los acontecimientos se me imponían. Recuerdo que a fines de agosto o principios de septiembre, estaba en el aula magna de la Facultad -repleta- viendo una proyección de "La hora de los hornos". En medio de la proyección de la película, entró la policía al edificio de la Facultad, pegando con sus palos y lanzando gases lacrimógenos. Me imagino que hubo unos cuantos presos. En multitud, nos escapamos como podíamos, corriendo, saltando por las ventanas, e ingresando masivamente en la rapidísima politización estudiantil previa al retorno de Perón.
15. Un año en El Bolsón y otros recorridos
El lugar era realmente fantástico, y pese a que recién estaba terminando el invierno, el sol y lo benigno del clima nos hacían sentir en primavera. La casa era de madera y tenía un gran ambiente donde dormíamos todos, sobre colchonetas y bolsas de dormir. Había una salamandra que manteníamos prendida toda la noche. Había una cocina a leña, donde se cocinaba para todos.
Con Rafael, Alejandro y algunos más, nos pusimos a hacer una huerta, con lo que pronto empezaron a crecer vegetales frescos para completar la dieta. Rafael además dibujaba, Alejandro Lafleur, Alejandro Marassi, Diego Villanueva y algún otro componían y tocaban música. Era una bella primavera la de 1971 en la comunidad hippie de El Bolsón.
Al poco tiempo, no recuerdo bien por qué, nos fuimos de la casa de Chatruc a un aserradero abandonado que quedaba en un lugar más inhóspito, aunque también mucho más hermoso. Para llegar a ese lugar, había que ir hacia el oeste, cruzar la Loma del Medio, y subir por la margen izquierda del río Azul. Me acuerdo especialmente del trabajo que hubo que hacer para arreglar el techo, con tejuelas de ciprés.
De allí, con una amiga, un día nos subirmos a dos caballos y nos fuimos de viaje -en una travesía que duró unas dos semanas- hasta Plottier, un pueblo pocos kilómetros río arriba de Neuquén en las riberas del río Limay. Allí paramos en la finca de un tío de Diego, que cultivaba manzanas y para el cual nos quedamos trabajando en la cosecha.
El viaje fue maravilloso. De El Bolsón salimos hacia el este y luego hacia el noreste, bordeando el río Limay, buscando evitar Bariloche y la ruta principal. Siempre por caminos de tierra, íbamos en jornadas de unos 40 kilómetros por día, parando en casas, puestos, estancias y a veces al aire libre. Estábamos a fines de la primavera de 1971, el clima era hermoso, nosotros muy jóvenes y ¡viajábamos a caballo!
De la cosecha de la manzana, después pasamos a la cosecha de la uva, en distintas fincas. Estuvimos por ahí al menos hasta principios de abril.
De ahí, con la plata de la cosecha, me fui a Buenos Aires en ómnibus. Desde allí volví a salir para un lugar que se llama Monte Comán donde una amiga, Bárbara, tenía unas tierras, donde pensábamos que se podía armar una nueva comunidad. No resultó interesante, de ahí me fui para el lado de El Bolsón, de nuevo. Pero antes de llegar me encontré con la rarísima historia de que los miembros de la comunidad se habían ido -junto con una pareja de norteamericanos, en una carpa de circo-, para el lado de Villa La Angostura. Allí fui, llegué de noche, ya era fines del otoño y hacía mucho frío. Fui a pedirle alojamiento al cura, que me indicó que las monjas de un convento cercano me podían alojar. Allí fui entonces, conseguí albergue y comida; yo cortaba leña para las hermanitas y unos días después me volví a Buenos Aires.
Sentía que estaba volviendo a la civilización.
14. Hair en Argentina y los hippies en El Bolsón
Era el otoño de 1971, y la Argentina formal, la del núcleo cultural duro, seguía regida por los militares, aunque luego del rápido reemplazo de Onganía por Livingston, ahora estaba de dictador el General Lanusse, que compartía la escena con una creciente revuelta estudiantil y obrera, signada por la izquierdización y la peronización. Entonces, la contracultura hippie parecía en camino a la cooptación. El afiche está tomado de un artículo reciente. El empresario Alejandro Romay (dueño de Canal 9 y del Teatro Argentino, en Bartolomé Mitre al 1400, donde se representó la obra) y Daniel Tinayre se lanzaron a producir la Opera Rock Hair. Hair se había estrenado en un pequeño local en Manhattan, en 1967, en pleno auge del hippismo, había pasado al off-Broadway y en 1968 ya estaba en un teatro en Broadway, donde se mantuvo varios años. La contracultura de fines de los 60 y el hippismo en particular aparecen en la tensión entre la autenticidad cultural y la cooptación, un camino que tuvo como momentos culminantes el estreno de Hair en Boradway y el Festival de Woodstock en 1969.Romay y Tinaire llamaronn a algunos artistas que habían participado en el Di Tella (Roberto Villanueva y Marilú Marini, entre otros), para adaptar y musicalizar la obra, y contratan para representarla en Buenos Aires a un grupo de jóvenes, entre los cuales yo recuerdo a algunos de los primeros hippies de Buenos Aires, como Sergio Makaroff y Horacio Fontova. Estaba también Cris, la novia de Luis Alberto Spinetta y Teresa Bogdan, que había sido mi pareja un par de años atrás. Varios de ellos habían armado un bunker en un hotel de Bartolomé Mitre y Uruguay, donde algunos vivían, y donde nos juntábamos con diversos amigos, como los hermanos Lafleur, entre otros.
Los hermanos Rafael Lafleur y Alejandro Lafleur eran dos personajes muy interesantes, creativos y simpáticos, a los que conocí allí. Rafael tuvo la idea de ir a hacer una comunidad en El Bolsón. Él había estado antes allí, donde conoció a un personaje llamado Chatruc, que tenía una casa bastante amplia, con un gran ambiente sin divisiones, a orillas del río Quemquemtreu, que ofreció para la experiencia comunitaria. Rafael describía el lugar con mucha precisión y lo fue construyendo en su relato como un destino mítico. Varios de los integrantes de la troupe de Hair se engancharon con la idea. Se sumó más gente, se compró una cierta cantidad de bolsas (de veinte kilos, creo) de arroz integral , otros ingredientes macrobióticos básicos (la dieta hippie por antonomasia) y artefactos de cocina. Un día, se compraron los pasajes y el grupo se fue para El Bolsón.
Se aplicaba la letra de un blues de Javier Martínez -que en su momento se había referido a una quinta en Monte Grande, en el sur del Gran Buenos Aires, pero que ahora se resignificaba para el sur del país-:
Una casa con diez pinos,
en el sur hay un lugar,
ahora mismo voy allá,
porque ya no puedo más,
vivir en la ciudad [...]
13. El final de Mandioca y un viaje por Brasil
El hecho es que, rápidamente, me quedé sin trabajo.
Fue así como, juntando los ahorros que tenía, en enero de 1971 me tomé un avión y me fui para Sao Paulo, Brasil. Allí me encontré con Pedro Pujó y Julio Salvidea, y empezaron unos meses de divertido divague.Primero nos fuimos a Río de Janeiro, donde paramos un tiempo en lo de Marcela Pascual. Después, mientras Pedro se iba para Bahia, a encontrarse con su hermano Hernán, yo pasé una temporada en Río, donde me encontré con mi amiga Graciela Dellepiane, que a su vez se había hecho de una turma de amigos brasileros, con los cuales circulamos por varias casas en Río y alrededores.
Al poco tiempo, seguí viaje para el norte, y pasé un tiempo en Buzios. Este entonces era recién un incipiente rosario de balnearios -conocidos porque allí se había hecho una casa Brigitte Bardot-, que se armaban a partir de Cabo Frío. Acampé con alguna gente que conocí ahí mismo y luego partí para Bahía. En Salvador, me encontré -creo que en Amarelina- con Hernán y Pedro Pujo, con los cuales compartí otro rato de divague. Carnavaleamos juntos el en ese entonces fantástico Carnaval de Bahia. Finalmente, después de tres o cuatro meses de viajar por Brasil, emprendí el viaje de regreso a Buenos Aires, a donde llegué de nuevo en el otoño de 1971.
Durante los meses siguientes, estuve instalado un tiempo en la casa de mi vieja, Dorita, hasta que me enganché con la historia de ir a El Bolsón a formar una comunidad. Eso se inició con la troupe que estaba representando la Ópera-Rock "Hair" en el Teatro Argentino, en la calle Bartolomé Mitre (el que más adelante fuera incendiado por un ataque de ultraderecha, mientras se representaba allí "Jesucristo Superstar").
12. Un año de shows mambeados
Durante la semana, había que trabajar activamente en la venta de los productos. Por un lado los discos y posters. Estos se vendían cada vez más. En cuanto a discos, Mandioca había producido y editado cerca de diez discos simples, que no se vendían mucho, pero había que atender. Por otro lado, la venta de los shows -de Manal primero y luego de Vox Dei-. A Vox Dei lo habíamos conocido en un pequeño teatrito de Bernal, donde los fuimos a escuchar los cuatro Mandioca y yo. Hacían un rock pesado y bueno y también temas más melódicos. Inmediatamente se arregló la grabación de un primer simple (con el notable tema "Azúcar amarga", que es el que nos había seducido al escucharlos en Bernal, conciso, sencillo y clásico: para mí, el comienzo del rock and roll en castellano, junto con "No pibe" de Manal).
Además de vender, había que organizar la actividad del fin de semana siguiente, donde tenía que compaginar la agenda, horarios de cuatro a siete shows para Manal y de otros tantos para Vox Dei, incluyendo las citas, los equipos de voz, las camionetas para transportar los equipos de los músicos, los remises para transportar a los músicos (y sus amigos y amigas), los "plomos" (asistentes de armado y desarmado de los equipos de sonido) y una infinidad de pequeños detalles más. Nuestra oficina era una divertidísima romería de personajes. Rápidamente, la troupe se completó con Freddy, que empezó como fletero de Manalk y cuando se agregó Vox Dei asumió el rol de road manager, al mismo tiempo que su agencia de camionetas proveía los vehículos para los dos grupos de rock de Mambo Show.
Pero el mambo propiamente dicho empezaba el sábado a última hora de la tarde (a veces los viernes). Así, entre el viernes o el sábado a las seis o siete de la tarde y el domingo a la noche) recorríamos cientos de kilómetros en la región metropolitana de Buenos Aires. Por el norte llegábamos tan lejos como Tigre (y a veces más lejos: Benavídez, Maschwitz, Escobar). Por el sur hasta Berzategui y Florencio Varela (a veces hasta La Plata y Berisso - Ensenada). Por el oeste, hasta Moreno (y a veces hasta General Rodríguez). El show mambeado dibujaba una nueva geografía de la región. Mientras en la Argentina de 1969-1970, la política empezaba a armar la escena de la tragedia de la década de 1970 -en 1969 Montoneros había secuestrado al ex presidente Aramburu, lo había "juzgado" y luego "ajusticiado"), nosotros estábamos en el núcleo de otro diseño, ubicado en la contracultura.
11. Mambo Show
Los cuatro Mandioca muchas veces venían a los shows, especialmente Jorge Alvarez y Pedro Pujó. A mí me acompañaba mi secretaria de "Mano Editora", que rápidamente se convirtió en mi pareja: Teresa Bogdan, "La Polaquita". Al poco tiempo, como yo tenía que llevar mucha plata encima -los shows se cobraban en efectivo, en cada club-, uno de los Manales -creo que Alejandro Medina- trajo un amigo para que trabajara como guardaespaldas: "el Negro" Serafián, del cual se dijo unos años después que había muerto en un asalto a mano armada, acribillado por la policía. No sé si es verdad. Lo que sí es verdad es que el Negro andaba bien "calzado", llevaba una pistola calibre 45 y nos sentíamos terriblemente seguros y confortados por tener un profesional cuidándonos las espaldas (y la plata).
Rápidamente, a los cuatro Mandioca y a mí se nos ocurrió que teníamos que tener una Agencia propia, por varios motivos. En primer lugar, porque los Gruart eran unos tipos excelentes, y Almendra era un fenómeno, pero los públicos de Almendra y Manal eran distintos. Almendra gustaba mucho en los medios un poco más "cultivados", de clase media. Pero Manal juntaba pequeñas multitudes en los clubes de barrios obreros. En segundo lugar, porque estábamos a la busca de más rock&blues para grabar en Mandioca y había que tener cómo hacerlos trabajar. Es un hecho que, en aquélla época, el dinero no venía de los discos, sino de los recitales y, especialmente de los shows de fin de semana en los clubes. Al poco tiempo apareció Vox Dei. En tercer lugar (last, but not least), la Agencia se quedaba con un interesante 10 %.
Rápidamente se tomó la decisión de crear Mambo Show. Nuevamente con ma. Me parece que el de la idea del nombre fue Alejandro Medina, pero no estoy seguro. Ahora el nombre era una toma de posición contracultural. Mambo en el argot hipposo y rockero de la época era sinónimo de viaje (trip) sicodélico. Mambearse era ponerse bajo los efectos de fumar marihuana y/o tomar ácido lisérgico (LSD) y mambeado/a era el/la que estaba viajado, fumado, en ácido... La palabra drogado quedaba entonces restringida a los usuarios de drogas duras: anfetaminas, cocaína, heroína.
¿El gerente de Mambo Show? Mario Rabey. Entonces, durante más de un año trabajé siete días por semana, muchas horas por día. De lunes a viernes en la distribuidora de Mano Editora Posters - Mandioca Discos que ahora se integraba con la Agencia Mambo Show. De viernes a la tarde a lunes a la madrugada, como Road Manager de Manal.
10. Road Manager de Manal

Del boliche lo que me acuerdo es que era un lugar divertido y cálido. De hecho, es uno de los pocos boliches que pisé en mi vida (en la foto -que tomo de un blog de Pedro- Mario Mactas y Mario Rabey -gracias Pedro por el bello recuerdo-). Al mismo tiempo que se alquilaba el boliche, se alquiló una casa para que vivieran los músicos mientras estaban en Mar del Plata. Era un poco desordenada, obviamente, pero también una divertida continuación de la vida bohemia que llevábamos en Buenos Aires. Aunque ahora no éramos más náufragos. Ahora éramos músicos, empresarios, gerentes. Es decir, ahora trabajábamos.
En esa temporada la conocí a Pirí Lugones, muy amiga de Jorge Alvarez, creo que era principalmente ella la que seleccionaba los autores a ser publicados en la Editorial. También trabajaba o había trabajado para Editorial Sudamericana. Parece haber tenido un papel muy importante en las decisiones que había ido tomando Jorge de participar activamente en este conjunto de empresas culturales alternativas que aparecen en mi relato. Pirí provenía de una familia de intelectuales de posición y actividad muy variada. Ella misma, como lo demostró su historia posterior, era aguerrida, de convicciones fuertes e idealista. Yo la recuerdo como una mujer culturalmente y moralmente de vanguardia: sin duda, un modelo vivo de lo que yo había leído y admirado unos pocos años antes en El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir. Madura, inteligente, bella con su renguera y desprejuiciada, Pirí es uno de los recuerdos amorosos más fuertes de mi juventud.
Creo que el boliche se cerró antes de terminar el verano, por una cuestión de habilitación municipal. Estábamos en Buenos Aires, y de los músicos de Mandioca, lo que prendía más fuerte era Manal. Era un trío y a veces sonaba como una banda. Los pibes de los barrios se prendían un montón. Me acuerdo de un impresionante recital en el Cine-Teatro Pueyrredón de Flores. Estaba lleno y el lugar vibraba muy bien y muy fuerte.
Empezaron a llegar los contratos para ir a bailes de fin de semana. Al principio, los contratos venían desde una agencia de representaciones que tenía como número principal a Almendra. Eran los hermanos Gruart, con oficina en el hermoso Pasaje Barolo, en Avenida de Mayo.
Nos convertimos, con Manal, en una máquina de trabajar, divertirnos y hacer plata los fines de semana, de viernes a domingo. Los sábados podía haber tres y hasta cuatro shows.
9. Mandioca La Madre de los Chicos
La creación de Mandioca ha sido relatada con mucho detalle por Marcelo Fernández Bitar en su Historia del Rock en Argentina. En esta entrada de mi autobiografía, me concentraré en mi propia participación en los acontecimientos, tal como los recuerdo ahora.Mientras actuaba en La Orestiada, se me hizo evidente que un hippie pobre como yo no estaba en buenas condiciones de supervivencia. Tenía que conseguir algún trabajo, porque si no lo hacía, iba a seguir dependiendo de otros para poder comer y vestirme. Dormir era más sencillo: siempre había algún lugar en esa época.
Entonces sucedió que mis amigos, ex compañeros de Colegio y hippies Pedro Pujó, Rafael López Sánchez y Javier Arroyuelo habían conocido a Jorge Alvarez, el editor de libros. Todos necesitaban algún trabajo también, salvo Jorge, que ya tenía. Entonces, empezaron por organizar una compañía editora de posters. El nombre: Mano Editora. El Che Guevara, Perón, Marylin Monroe, Sartre, Jane Birkin, Norma y Mimí Pons, un caballo, los Beatles, Mao, Romeo y Julieta, fueron algunos de los temas. La colección era desopilantemente variada, las fotos y las impresiones muy buenas, eran grandes y eran atractivos para públicos diversos.
Se empezaron a vender muy bien en La Máquina, el local de Jorge de Souza en la Galería del Este (al lado del Instituto Di Tella). Pero no alcanzaba: entonces, se decidió armar una distribuidora. Me preguntaron si quería hacerme cargo de gerenciarla y, con mis 19 años, dije que sí. Conseguimos algunos vendedores que aceptaron salir a vender a comisión, contratamos dos cadetes para armar los paquetes y entregarlos, y una secretaria. En la foto, Pedro Pujó y Jorge Álvarez en aquellos días.Poco tiempo después -muy poco tiempo por cierto, todo era muy rápido entonces, me parece que fueron dos meses-, se armó Mandioca la Madre de los Chicos. Mandioca porque era un alimento (sud)americano que empezaba con ma, y Madre de los Chicos porque así se decía a sí misma Dorita Loyber, mi propia madre, que tantas veces dio albergue y comida a los chicos. Se hicieron tres o cuatro discos simples (Manal, Miguel Abuelo, Cristina Plate), con una fantástica cubierta en tríptico diseñada y dibujada por Daniel Melgarejo. A mí me pidieron que redactara un texto para el disco de Manal, donde sostuve que el blues rioplatense empezaba ahora a ocupar el lugar del tango en el canto a Buenos Aires. Manal también empezaba con ma. Como Mano Editora y Mandioca. En noviembre de 1968 se presentaron los discos en el recital del teatro Apolo.
Unos meses después vendría el cuarto ma: Mambo Show. Pero ese será el tema de una próxima entrada. Mientras tanto, nos vamos a Mar del Plata.
8. La Orestiada en el Di Tella
De La Orestíada recuerdo una puesta muy depurada, sin escenografía, con un coro que recitaba unos textos fantásticos y nosotros (los actores) que representábamos a través de cuadros donde desplegábamos una fuerte expresión física y emocional. Recorro Internet y no encuentro ninguna otra mención a esta puesta en escena, salvo la foto que publica Poni Micharvegas y que sirve de ilustración a esta entrada.
7. Teatro Guerrilla de Buenos Aires
Creación colectiva, divagada durante 1968 en bares, la casa de Dorita Loyber de Rabey y otros lugares de naufragio del centro de Buenos Aires, por
Mario Rabey
Ricardo Mosner
Juan Comoglio
Pedro Pujó
Graciela Dellepiane Rawson
Alfredo Slavutzky
Marcelo Sztrum
Aclaración sobre los nombres: Mi nombre empieza esta lista, para hacerme responsable (autor-actor) de este texto y de los eventos históricos. El segundo nombre es el de Ricardo, porque lo recuerdo muy protagonista de la idea. Los otros nombres los verifiqué hace un par de días en un encuentro casual con Alfredo Slavutzky. Con todo seguridad, había más gente en el grupo. En cuanto aparezcan, los iré agregando.
Performances:
-Socorro. En el Obelisco. Panfletos y afiches en papel de diario con pintura negra, con texto “Socorro”, el lugar, el día y la hora, distribuidos en días previos al evento por Avenida Corrientes. Un gran aullido colectivo en la plaza que entonces rodeaba al Obelisco, repetido varias veces, en coro y en gritos individuales, diciendo “Socorro” alrededor de una gran pancarta, que también decía “Socorro”.
- Hoy se expone La Paz. Adentro y afuera del bar La Paz, conocido reducto de intelectuales en Corrientes y Montevideo. Con pancartas expuestas desde la vereda para ser vistas en el interior, con los textos: “Hoy se expone la Paz” y “Ustedes se están exponiendo”. Distribución de volantes en el interior del local, con un texto explicativo de la precariedad de la paz en el mundo. Gran diversión para la clientela y gran incomodidad para los mozos y los encargados!
- Alberto Greco se mató por culpa de la policía. En la esquina de Lavalle y Carlos Pellegrini. Empieza con una lata de esas de aceite de 20 litros, arrojada con fuerza al suelo. Al golpear, parece un petardo estallando. Un ¿SS?, representado por Juan Comoglio le pega a un hippie (Pedro Pujó) , y le dice –en alemán- "hippie ilógico". Etcétera.
En el final de la serie, el teatro guerrilla en la calle y la explosiva creatividad de Javier Chiquito Arroyurlo, confluyeron en:
6. Teatro guerrilla en la Argentina de Onganía
- Claro que sí-, le contesto -no me acuerdo tu nombre-
- Slavutzky, Alfredo Slavutzky.
Fue una catarata de recuerdos.
Ahí en seguida me pregunta si no me habían hecho alguna entrevista para alguna de las historias de la contracultura de los años '60 y yo le contesto que les escapo; y le cuento entonces que estoy escribiendo mi autobiografía, y que ando por los tiempos del teatro en la calle.
Alfredo reflexiona que hacíamos algo muy preligroso, por lo revulsivo y porque estábamos en dictadura, y que encima, era gratuito, sin resultados. Yo reflexiono que eso era la polenta: que no buscábamos, ni obteníamos, ningún resultado: éramos una guerrilla que no se proponía tomar el poder; ni siquiera, eliminar el poder. Entonces, me hace acordar de la obra más explosiva de la serie. "Alberto Greco se mató por culpa de la policía" y me cuenta algo que no sabía. Cuando Juan Comoglio, representando a algo así como un SS, le pega con un palo y le grita algo a Pedro Pujó, quien se agacha, se cae, trata de escaparse. La escena la recuerdo vívidamente, incluso la extraordinaria actuación de Comoglio, vestido con un perramus beige y diciendo algo que parecía en alemán.
Lo que nunca había sabido es que decía una frase coherente, hiper-coherente.
Le gritaba en alemán: "Hippie ilógico".
en la próxima entrega: Ficha Técnica del Teatro Guerrilla Hippie de Buenos Aires.
Este Teatro Guerrilla formó parte de lo que actualmente se llama performances, que incluyeron además una serie de acciones estéticas relacionadas con el modelo del happening en Galerías, Teatros y Centros de Exposiciones.
5. Algunos hippies decidimos hacer teatro en la calle
Nuestro anti-capitalismo se refería, más que al desprecio por la posesión de bienes materiales, a un sentimiento de despojo primordial. En palabras de Javier Martínez, el baterista, primerísima voz y letrista de casi todos los temas de Manal: "Hoy adivino qué me pasa, por qué mi nombre no soy yo, por qué no tengo una casa: porque hoy nací; hoy, recién hoy, el sol me quemó. Y el viento de los vivos me despertó".
El año anterior, de la primavera al verano, se podía naufragar en las plazas. Pero ahora, ya con el verano avanzando hacia el otoño y el invierno, las plazas eran lugares demasiado fríos, y el lugar de naufragio eran los bares abiertos toda la noche. En primer lugar, La Giralda, en Corrientes entre Uruguay y Paraná, donde cuando había un poco de plata, se podía comer un memorable chocolate con churros (sí, el que sirven ahora es muy parecido al de hace cuarenta años y el bar está casi igual). Luego, El Colombiano, dos cuadras más abajo, también en Corrientes. Y un par de bares más por Córdoba: pero básicamente se naufragaba en Corrientes. No sé si fue en La Giralda, o en El Colombiano, o en mi casa (probablemente la idea fue divagada mientrás nuestro naufragio recorría esos tres lugares, las calles y otros lugares), que se nos ocurrió hacer una representación teatral en la calle, de fuerte contenido contestatario y sin ninguna autorización estatal -autorización impensable en la Argentina dictatorial de esos años-. En esa época se estaba haciendo teatro en la calle en varios lugares. Y lo más parecido al nuestro era el teatro guerrilla que habían comenzado los Diggers en Haight-Ashbury, San Francisco, en 1966. Pero el antecedente más notable era el d un argentino, que había hecho su Vivo Dito en Europa unos años antes y terminó su vida con un suicidio de amor homoerótico en Barcelona en 1965. Nuestro grupo de teatro de guerrilla le dedicó su última acción: Alberto Greco se mató por culpa de la policía.
Mientras tanto, Dorita -mi vieja-, se llamaba a sí misma "la madre de los chicos", porque recibía a los náufragos en casa. A uno de los chicos, el más joven -menor de edad él-. le decía "el pequeño" o el "chiquito". Le quedó bien: todos le dijimos Javier Chiquito Arroyuelo. Por allí, se le ocurrió hacer lo que hoy se llama una instalación en la Galería Lirolay (a la vuelta del bar Moderno). La llamó "Mano de Mandioca", e incluía -entre otros materiales- fotos para las que "posamos" Laura Kolodny, Rafael López Sánchez y yo. Aquí va una copia del folleto, que me pasó Pedro Pujó hace poco.

Poco tiempo después, mandioca y la madre de los chicos se unirían en el nombre de uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la (contra)cultura en el hemisferio sur: el sello grabador Mandioca la madre de los chicos. Pedro Pujó recuerda que la segunda parte del nombre del sello grabador fue así un homenaje a Dorita.
Alejandro Rosso, en cambio, sostiene que "la Madre de los Chicos" era un "lema" que hacía referencia a "la libertad creativa y el apoyo que brindó a sus artistas" el sello grabador. Una rara interpretación con simbología psicoanalítica: los músicos cargando con un complejo edípico, se habrían encontrado con su madre incestuosa. Toda una idishe mame esta Mandioca.
En la próxima entrega: Teatro guerrilla en la Argentina de Onganía
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Fotos de Mario Rabey
¿Qué quiere decir "autobiografía autorizada"?
Lo de "autorizada" quiere decir que el Mario Rabey biografiado autoriza al Mario Rabey autor a publicar todo lo que éste dice. De ninguna manera el biografiado se hace responsable por lo que dice el autor. En cuanto a lo que se dice de otras personas, no podemos dar (ni el biografiado ni el autor) ninguna seguridad de estar diciendo la "verdad". Es la escritura de recuerdos personales. De todos modos, cualquiera que quiera dejar de ser mencionado, que cambiemos lo que se dice, que agreguemos otras cosas, en fin, que modifiquemos los "hechos" aquí presentados, puede dejarnos un comentario al respecto.
Mario Rabey y Mario Rabey
Datos personales
- Mano de Mandioca
- El menor de los cuatro hijos de Benito Rabey y Dora Loyber, nací el 2 de abril de 1949. Trabajé desde los 16 años: asistente en un estudio jurídico (1966-1967), gerente de un grupo de industrias culturales –Manal, Mandioca, Mano Editora, Mambo Show- (1968-1970); artesano (1971-1972). Estudié Antropología en la Universidad de Buenos Aires (1972-1976); he sido docente e investigador universitario -desde ayudante de segunda hasta profesor titular, en diversas Universidades de Argentina y del extranjero, profesor de cursos de postgrado sobre ecología humana, evolución, multiculturalismo y estudios latinoamericanos, investigador científico , consultor en proyectos de organizaciones internacionales, nacionales, empresariales y sin fines de lucro. Formación Postdoctoral: Universidad de Texas en Austin - Comisión Fulbright (1990). Padre de cinco hijos: Pablo (34), Eva (32), Adriana (28), Lucía (26) y Nahuel (12).